sábado, 29 de julio de 2017

“Una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.”

San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia 
Sermón 103, 2; PL 38, 613
“Una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.”
      Marta y María eran dos hermanas no solo en la carne, sino también en la devoción. Ambas se adhirieron al Señor, ambas le sirvieron en unidad de corazón cuando estaba físicamente presente. Marta lo recibió en su casa como suele recibirse a los forasteros. No obstante, es la sierva la que recibe al Señor, la enferma al Salvador, la criatura al Creador. (…) En efecto, el Señor quiso tomar la forma de siervo y en ella ser alimentado por los siervos, (…).

      Así, pues, fue recibido como huésped el Señor al que, viniendo a su casa, los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios (Jn 1,11-12), adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, rescatando a los cautivos y haciéndolos coherederos. Ninguno de vosotros diga: ¡Bienaventurados los que merecieron recibir a Cristo en su propia casa! No te duela ni te aflijas; no lamentes haber nacido en tiempos en que ya no ves al Señor en la carne; no te privó de esta gracia: “Lo que hicisteis —dice— a los míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

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