domingo, 23 de julio de 2017

DOS HOMBRES QUE CAMBIAN EL DESTINO DE DOCENAS DE REFUGIADOS SIRIOS Y SOMALÍES

Posted: 22 Jul 2017 03:01 PM PDT
Es posible cambiar el mundo

No son estadistas ni generales de división; tampoco magnates o un filántropos de esos que aparecen, curiosamente, cada vez que hacen una donación “altruista”. Si les digo sus nombres, es muy probable que ni siquiera haya escuchado hablar de ellos. Hace tres años, en 2014, un estadounidense, Ed Wethli recibió en su casa a Thomas Gabriel (nombre ficticio, por razones de seguridad), un refugiado sirio, y a su familia.

Con esa acción, dio el banderazo de salida a lo que ahora se ha convertido en un movimiento internacional de ayuda a refugiados de países de Medio Oriente y de África. Para Gabriel, estos tres años son los más cercano a un milagro que ha tenido en su vida y en la de sus seres queridos.

En 2014, Gabriel y su familia enfrentaron el rostro de la muerte en la guerra civil que aún se mantiene en Siria. Hoy vive con tranquilidad en algún lugar de América del Norte, con su esposa y dos hijos. No es que el miedo no lo toque. Lleva estos años esperando el asilo en condición de refugiado por Estados Unidos y, al mismo tiempo, con el temor por lo que pueda pasarle de malo a sus familiares que aún viven en su país.

Con todo, Gabriel tiene ya un trabajo, sus hijos están en la escuela. Y él y su familia son los inspiradores de la creación de una organización no lucrativa que ha ayudado a docenas de refugiados de Siria y Somalia.

“Dios es magnífico, comenta Gabriel al semanario *U.S. Catholic*, y sigo compartiendo esto con muchos amigos aquí”. Y más adelante agrega: Uno de ellos (de sus amigos) me dijo: “Dios ha dejado de hacer milagro” Me enfade mucho, dice Gabriel, pues estar aquí con mi familia es un milagro”.

La organización no lucrativa que Gabriel ayudó a fundar se llama *Misión Ananías*, por el personaje que aparece en los Hechos de los Apóstoles: un converso al cristianismo del primer siglo que en Damasco devolvió la visión a San Pablo.

“Ananías fue la herramienta bendita de Dios para curar a San Pablo. A través de él cambió su vida para el bien, apunta Gabriel, y eso es lo que estamos tratando de hacer ahora; tratando de ser la diferencia para gente que ha sido perseguida y torturada”.

La foto del pequeño Aylan Kurdi

Puesto que muchos en los Estados Unidos ven la guerra en Siria como musulmanes extremistas que matan a cristianos, vale la pena señalar que un colega de negocios musulmán ayudó a salvar a Gabriel y a su familia. Este hombre, al oír hablar del peligro que Gabriel enfrentaba en Siria, lo conectó en Estados Unidos con Ed Wethli, un mayorista de café en el área de Pittsburgh.

Por varios meses, a principios de 2014, Gabriel llamó muchas veces a la semana a Wethli. Gabriel trabajaba fuera de Siria, mientras que su esposa e hijos permanecían en Damasco, sin posibilidad de salir de su casa por el fuego cruzado y las explosiones en las calles de la capital siria.

Gabriel no podía regresar a Siria por temor a ser incorporado a una de las milicias partidarias que se encontraban (se encuentran) en guerra. Quería que Wethli lo ayudara a que su familia se reuniera, pero en Estados Unidos.

En sus conversaciones telefónicas, Wethli le hacía preguntas a Gabriel para probar su fe y sus motivaciones, para estar seguro de que podía confiar en ese hombre al que jamás había conocido con anterioridad.

Cerca de la Navidad de 2014, cuando la guerra civil en Siria recrudeció, Wethli recibió en su casa a Gabriel y su familia. Acto seguido, los ayudó a reinstalarse, a abrir cuentas bancarias, adquirir un teléfono, seguro médico y a inscribir a sus hijos en la escuela.

“Después, dice Wenthli, empezaron a compartir sus historias y las de sus familiares en Siria”. Gabriel contó que un primo suyo que era juez fe asesinado por la espalda y su esposa decapitada. Su madre está escondida en un departamento, sin acercarse a la ventana por temor a los francotiradores…

Cuando Wenthli vio la foto del pequeño Aylan Kurdi de tres años ahogado y tirado en la arena de una playa turca, supo que tenía algo más que hacer que recibir a una familia de refugiados sirios. Aylan era “la pintura de la inocencia” que moría tratando de escapar de la guerra civil en Siria.

Mensajes de texto, solidaridad humana

Wethli habló con Gabriel acerca de lo que podrían hacer juntos y comenzaron a elaborar un plan. Wethli escribió 60 mensajes de texto invitando a su casa a amigos que él creía que podrían ayudar. Se presentaron 20, la mayor parte de los cuales forman en la actualidad el consejo de directores de Misión Ananías.

Alguien de los presentes en esa primera reunión sugirió la necesidad de tener un abogado que pudiera ayudar a salir a los refugiados e reasentarlos en Estados Unidos. Otro dijo que tenía una sobrina que era abogada, aunque no de migración: Jennifer Allison. Ella se fue involucrando poco a poco y hoy es la directora ejecutiva del programa.

Pero Estados Unidos no era el lugar indicado para traer a los refugiados, sino Canadá. El gobierno canadiense da recursos a las iglesias para que reciban refugiados de Medio Oriente. Y es como la *Misión Ananías*, con patrocinios de particulares y con la buena disposición de Canadá, ha podido reasentar a personas como Gabriel y su familia.

Cuando en 2015 el Papa Francisco anunció que iba a traer a vivir a dos familias sirias al Vaticano, y que cada parroquia de Europa podría unirse al plan, la diócesis canadiense de Ontario, encabezada por su obispo Gerard Bergie, tomó la iniciativa. Pero nadie sabía cómo ni cuanto se necesitaba por refugiado, hasta que recibieron la llamada de Wethli desde Pittsburgh: ellos habían juntado 30,000 dólares y necesitaban un socio.

Desde entonces Misión Ananías ha recaudado fondos para traer 50 refugiados sirios y sus familias a Canadá, y ha recaudado 260,000 dólares. Las Iglesias se comprometen al patrocinio por un año, y la sociedad hace el resto. Y Ananías comienza a expandir sus servicios.

Todo por el buen corazón de un católico estadounidense y la fe de un cristiano sirio y su familia.

Jaime Septién


Fuente: Aleteia

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