lunes, 24 de julio de 2017

5 CONSEJOS PARA QUE NO ARRUINES TU VIDA

Publicado: 23 de Jul 2017 15:02 PDT

Precisamente lo que me hace sufrir, lo que me lleva a creer que soy peor persona de lo que soy, es la puerta de entrada al corazón de Dios

Ayer Jesús me decía que deje crecer el trigo junto con la cizaña:

El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: – Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: – Un enemigo lo ha hecho. Los criados le preguntaron: – ¿Quieres que vayamos a recogerla? Pero él les respondió: – No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: – Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”.

Yo quiero quitar la cizaña siempre que la veo. Y dejar que se vea sólo la pureza del reino. No me acostumbro a verla crecer con el trigo. Lo malo con lo bueno. El pecado con la gracia. Lo luminoso con lo oscuro. No lo sé. Me asusta pensar que la cizaña pueda ser más fuerte que el trigo. Me da miedo que venza y al final quede sólo la cizaña.


Jesús habla del mal. Pero me dice que vence el bien. Habla del enemigo que siembra por la noche. El enemigo al que Él derrota. Habla del pecado y de las malas intenciones. Y de la misericordia de Dios que todo lo sana. Habla del odio, de la ira, del engaño, de la traición, de la codicia, del egoísmo. Habla de tantas cosas que a veces hay en mi propio corazón. Y al final siempre vence su reino.

En mi corazón crece la cizaña con el trigo. Yo quiero arrancar de mi vida lo que me hace pecar y alejarme de Dios. Quiero sacar de mi alma el mal y los malos pensamientos. Esas ideas negativas que me quitan la vida y no me dejan ser feliz. Quiero extirpar mi pecado. Y a veces deseo nunca más tener que confesarme de lo mismo.

Otra vez mi cizaña ha crecido. Me da miedo que su poder ahogue la buena semilla que Dios siembra en mi alma. La cizaña llega como por arte de magia. Me rebelo contra mí mismo. Quiero vencer a fuerza de voluntad. Yo venzo el mal en mí. Pero no lo logro. No me gusto con cizaña. Echa a perder el paisaje perfecto de la virtud. Me niego a aceptar esas debilidades que una y otra vez me traicionan.

Y Jesús me dice que la deje. Que no quiera que desaparezca del todo. ¿Por qué? Quizás para que no me crea mejor que nadie. Yo tengo mi cuota de cizaña. No soy trigo limpio. En mi interior hay esa mezcla de traiciones y pasiones. Esa raíz podrida que no me deja ser blanco y puro. Me asusto de mí mismo.

Cuando me sumerjo en las aguas profundas de mi alma me da miedo lo que encuentro a mi paso. No todo es perfecto, no todo es bueno, no todo es de Dios. Quiero arrancar la cizaña. Pero Jesús me dice que si lo hago así puedo arrancar también el trigo bueno. Porque casi se confunden. Tendría que tener tanto cuidado que no merece la pena.

Y me dice algo sorprendente. La cizaña no contamina el trigo. Eso es curioso. No lo ahoga, no lo mata. El trigo puede crecer junto a la cizaña sin convertirse en ella, sin perder su esencia. Eso me da tanta paz. Mi trigo sigue siendo trigo. No dejo de ser bueno aunque haya sentimientos malos en mi corazón.

Pueden anidar en mí y no por eso dejo de ser bueno. Puede haber mentiras en mi corazón, pero no por ello me convierto en mentiroso. Puede haber ira y no por ello dejo de ser pacífico. Hay cizaña, lo reconozco. La mano del maligno la pone en mi interior.

A veces me desconozco. Estallo con ira. O me muestro desproporcionado en mis reacciones y juicios. La cizaña está venciendo. Pero sigue creciendo el trigo. No quiero matar la cizaña. Pero tampoco quiero que crezca más que mi trigo. Soy mucho más que mi cizaña. Soy mejor que mi pecado, aunque crea a veces que no voy a ser capaz de dejar atrás mis debilidades.

Nunca seré capaz de vivir sin debilidades. Mi cizaña, mi pecado, me recuerdan a quién pertenezco. Soy de Dios y sólo Él puede salvarme y sacarme de mi abismo. Sólo Dios puede levantarme cuando caigo. Pero necesito verme débil y necesitado para suplicar su salvación.Necesito mirarlo a Él desde mi debilidad para que Él venga a mí. Mi miseria es mi cizaña.

Decía el padre José Kentenich: “Tenemos solamente que cumplir una condición: que lo reconozcamos ante Dios. ¿Reconocer qué? No hice tu voluntad, por eso no soy digno de tu complacencia, de tu amor. Entonces este acto de autoconocimiento, de autoacusación, unido a mi debilidad y miseria, llega a ser el gran título que atrae en forma especialísima la complacencia de Dios hacia mí. Puedo, por eso, nadar siempre en la corriente de vida y de amor de Dios. Dos títulos, por tanto: por una parte la misericordia de Dios, por otra parte, mi miseria personal. Aceptación de la propia debilidad ante el Padre ¿Qué significa esto? La omnipotencia del niño y la impotencia del padre. Amor misericordioso que es despertado por el alegre reconocimiento de mis debilidades. Me glorío de mi debilidad, de la carencia de ciertos talentos. Me glorío de imperfecciones, pecados graves y gravísimos. Tras ellos hay generalmente una especial debilidad”.

Mi miseria, mi fragilidad, mi cizaña. Precisamente lo que me hace sufrir, lo que me lleva a creer que soy peor persona de lo que soy, es la puerta de entrada al corazón de Dios. La puerta abierta para su misericordia. Que como un río se derrama en mi alma.

Cuando soy débil soy fuerte. Porque llega a mí la fortaleza de Dios para hacer más fuerte la raíz de mi trigo. No mato la cizaña. Porque si la mato corro el riesgo de caer en la vanidad, en el orgullo, en creerme mejor que nadie. Mi cizaña hace que mi trigo no parezca tan limpio. Y así puedo estar siempre en camino. Siempre creciendo. Siempre necesitando.

Carlos Padilla Esteban


Fuente: Aleteia

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