domingo, 25 de junio de 2017

Temamos para no temer


TEMAMOS PARA NO TEMER” (San Agustín)

Por José María Martín OSA

1.- Fiel en la prueba. En la primera lectura de Jeremías escucharemos cómo el profeta se ha convertido en la burla de la gente, de sus mismos compatriotas. Pero este sufrimiento, lejos de desalentarle, le vigoriza y le abre al trato con Dios. En la dura prueba de la soledad y la condena, siendo inocente, se mantiene fiel y esperanzado en aquel que no se olvida de los pobres. Es una plegaria que alterna expresiones de máxima desesperanza con la proclamación de fe. Jeremías es perseguido por los funcionarios del rey, hundido en el barro de una cisterna y, por último, liberado por el eunuco del rey, Ebedmelek. Jeremías vive el paso de la muerte a la vida. Mientras los habitantes de Jerusalén confían en la celebración de sus armas para no morir en manos de los enemigos, el profeta busca la vida en la confianza en Dios.

2.- La gracia vence al pecado. En la Carta a los Romanos se traza la contraposición entre el pecado y la gracia. El empeño salvífico de Dios se manifiesta en Jesucristo. En él triunfa la gracia sobre el pecado. Jesús es el iniciador y el prototipo de la nueva humanidad, contrapuesto a Adán, iniciador y prototipo de la vieja humanidad. Pero para Pablo el punto de partida no es Adán, sino Jesús. No es Jesús quien se comprende a partir de Adán, sino a la inversa, Adán a partir de Jesús. Esto significa que nosotros nacemos ciertamente en un mundo de pecado, pero sobre todo nacemos en un mundo de salvación y de gracia.

3.- El santo temor de Dios. Reemprendemos el evangelio de Mateo en la última parte de las instrucciones dadas por Jesús a los Doce cuando los envía. Las sentencias de Jesús deben leerse sobre la base de la misión. El evangelio de hoy está dominado por los imperativos que se hacen a los discípulos: no tengáis miedo a los hombres, a los que matan el cuerpo, porque valéis más que los gorriones, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. La fe y la adhesión personal de los discípulos a Jesús deben manifestarse en la proclamación abierta y clara del mensaje del Maestro. El motivo por el cual el creyente-testigo no debe temer es que los que se oponen al mensaje no tienen un poder real sobre la vida, pues "matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. El único dueño y señor de la vida y el que tiene poder sobre ella es Dios; si acaso es a Él a quien debe "temerse", puesto que solamente El decide el destino de salvación o de condenación de cada hombre según la actuación de éste con respecto a los demás.

4.- Hoy día la Iglesia es perseguida en muchos lugares del mundo. A todos nos impresiona lo que está pasando en Siria. Un número ingente de mártires muere por defender su fe. El nuevo Pueblo de Dios no debe tener miedo a los fundamentalistas religiosos. La Iglesia seguirá adelante a pesar de la oposición también religiosa de los fundamentalistas. Estos acudirán incluso a métodos mortales. Pero la integridad física no da la medida de la persona. La integridad personal no se agota con la integridad física. La integridad personal no la mata ni siquiera el arma mortífera del fundamentalista religioso. No es a éste a quien hay que tener miedo, sino que debemos vivir en el santo temor de Dios, porque es Dios quien da la verdadera medida de la persona. Ahora bien, ¡Dios está de nuestra parte, pequeño rebaño! ¡Dios es padre! La pérdida de la integridad física no nos debe asustar. Esta pérdida tiene un sentido y Dios no está ausente. El texto de hoy quiere dar ánimo a los que se sienten perseguidos por vivir la fe, infundiendo en el discípulo ilusión y esperanza contra toda esperanza. Pidamos a Dios por los mártires de nuestro tiempo. Para que no desfallezcan y mantengan la esperanza. San Agustín aclara a quién tenemos que temer:

“Las palabras divinas que nos han leído nos animan a no temer temiendo y a temer no temiendo. Cuando se leyó el evangelio, advertisteis que Dios nuestro Señor, antes de morir por nosotros, quiso que nos mantuviéramos firmes; pero animándonos a no temer y exhortándonos a temer. Dijo, pues: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (Mt 10,28). Ahí nos animó a no temer. Ved ahora dónde nos exhortó a temer: Pero temed a aquel -dijo- que puede matar el alma y el cuerpo en la gehenna (ib.). Por tanto, temamos para no temer. Parece que el temor va asociado a la cobardía; parece que el temor es propio de los débiles, no de los fuertes. Pero ved lo que dice la Escritura: El temor del Señor es la esperanza de fortaleza (Prov 14,26). Temamos para no temer, esto es, temamos prudentemente, para no temer infructuosamente. Los santos mártires... temiendo no temieron: temiendo a Dios, desdeñaron a los hombres”. (San Agustín)

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