martes, 27 de junio de 2017

Reconstruirse cada día

orar con el corazon abierto

26 JUNIO, 2017 / RMMC
Junto a mi casa han tirado abajo un edificio antiguo, señorial, digno de la época de esplendor de la multinacional que lo levantó en los años cincuenta y que ahora, por las circunstancias del mercado, se ha instalado en un edificio más funcional y moderno. Sobre esas ruinas están levantando un edificio nuevo. Sobre las ruinas de algo vetusto se puede construir siempre algo más sólido. Ha sido un proceso interesante observar, día a día, como iban cayendo cada una de las plantas del edificio.
También las almas podemos reconstruirnos cada día. Recobrar nuestra belleza. El polvo y la suciedad que nos invade también se puede transfigurar para hacerla más limpia, más digna de Dios. Eso es lo que espera Cristo. De hecho, esta es la misión que le encomendó el Padre cuando lo envió al mundo. Su misión es convertir al pecador en santo para llevarle a la gloria eterna. Y el medio más eficaz es la Santa Misa.

En la Eucaristía, el sacramento del amor, Cristo se nos acerca para coger nuestra mano y fijar su mirada en cada uno por la redención de sus pecados. Cada vez que el sacerdote eleva la Hostia Santa y el Cáliz con la Sangre de Cristo se derrama sobre cada persona presente una santidad nueva. La Eucaristía es el misterio de la regeneración, de la transformación del alma humana.
Hay una escena muy impresionante que no quiero que me pase desapercibida. A ambos lados de la cruz se encontraban el buen y el mal ladrón. El buen ladrón exclama humildemente al Cristo agonizante: “Acuérdate de mí”. Con estas palabras toda su vida queda limpia, regenerada. Todo su pasado queda sanado por el amor y la misericordia del Padre. Esto mismo sucede en el Santo Sacrificio de la Misa.
En la Misa, el Amor me reclama. En la Misa tiene lugar cada día el misterio de la redención del hombre. En la Misa Cristo restaura el primer gran pecado y la conversión de los que hemos cometido a lo largo de la vida. En la Misa limpio el rostro ensangrentado de Cristo como hizo la Verónica con Jesús camino del Calvario. Cristo no me aparta el rostro. Se deja limpiar por mis manos pecadoras. Y responde a este gesto con amor eterno.
Cada Misa hace renacer en mi -en cada hombre- la pureza del alma. ¡Gracias, Señor, porque cada Misa es un encuentro constante contigo por medio de mi fragilidad humana!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, porque cada Eucaristía es una unión íntima contigo que te haces presente en las especies del Pan y el Vino! ¡Gracias, Jesús, porque te ofreces también al Padre para la redención de mis pecados! ¡Gracias, Señor, porque por medio de la Eucaristía aumentas nuestra gracia santificante! ¡Gracias, Jesús, porque cada vez que comulgo me uno más íntimamente a Dios que es el autor de la gracia! ¡Gracias, Señor, porque cada comunión es una preparación más para mi camino hacia la vida eterna! ¡Gracias, Jesús, porque me fortaleces en la caridad que tantas veces se amilana ante los acontecimientos y se empequeñece ante las dificultades! ¡Gracias, Jesús, porque en cada Eucaristía puedo comprender y experimentar el profundo Amor que siente por nosotros! ¡Gracias, Señor, porque mi cercanía a Tí por medio de la comunión transforma profundamente mi pobre corazón llenándolo de amor! ¡Gracias, Señor, porque cada vez que te recibo me uno más a la Iglesia que es Tu Cuerpo Místico! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

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