viernes, 23 de junio de 2017

Madre publica texto emocionante: “Por qué jamás dejaré a mi bebé llorando”

 Aleteia Brasil | Jun 22, 2017

"Un misionero contó un hecho que me impactó. Esa historia quedó grabada para siempre en mi corazón frágil de madre primeriza"
La foto de Dayna Mager durmiendo al lado de su hijita Luella se hizo viral en Internet hace algunos años y, de vez en cuando, vuelve en medio al torrente de asuntos que fluye localmente por las redes sociales. No es sólo la foto lo que llama la atención, es precisamente el mensaje que Dayna escribió para todas la mamás del mundo:
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Esta foto es de hace algunas semanas. Sí, entré en la cuna para calmar a mi hija, que gritaba con la carita llena de lágrimas a causa de la molestia de los dientitos que le estaban empezando a aparecer. Mi marido llegó a casa y sacó la foto. Yo estoy publicando otra vez la foto porque capta la esencia de mi corazón y mi motivo. Ahí estaba yo, en el auge de esa cosa linda y exhaustiva llamada maternidad, cuando le hice una promesa a mi hija.

Una de las primeras veces en que mi marido y yo salimos después del nacimiento de nuestra hija Luella, fuimos a una conferencia en que un misionero contó un hecho que me impactó.
Esa historia quedó marcada para siempre en mi corazón frágil de madre primeriza, ya tan sacudido por las hormonas – y quedó 100 veces más frágil después de oír esa historia.
El misionero contó que había visitado un orfanato en uno de sus viajes. Él ya había estado en muchos orfanatos, pero ese fue diferente. Entró en el cunero, donde habían más de 100 cunas alineadas, con los bebitos dentro. Él se quedó impresionado porque el único sonido que se oía en el ambiente era el silencio. Un sonido que es extremadamente raro en cualquier cunero, aún más con más de 100 bebés.
Entonces se giró hacia una de las cuidadores y le preguntó por qué estaba todo tan callado. Yo nunca me olvidaré de la respuesta que la cuidadora le dio al misionero.
Esta respuesta es el motivo de que esté en la cama de mi hija en esta foto.
La cuidadora miró al misionero y le dijo:
“Después de haber estado en el cunero durante más o menos una semana y haber llorado durante horas y horas, ellos paran cuando se dan cuenta que nadie vendrá a atenderlos”.
Los bebés dejan de llorar cuando se dan cuenta que nadie vendrá a atenderlos.
Cuando entienden que nadie vendrá en 10 minutos, ni en 4 horas, y tal vez, nunca.
Me quedé destrozada.
Literalmente podía recoger los pedazos de mi corazón  del suelo de ese auditorio. Pero, en lugar de eso, lo que despertó en mí fue un deseo… una promesa en mi espíritu.
Llegamos a casa y, mientras arrullaba a mi pequeña Luella, con el cuerpecito de ella contra el mío, le hice una promesa. Le prometí que siempre correría hacia ella. Siempre. A las 2 de la mañana, cuando oyera su llanto por el monitor, correría hasta ella. Cuando se lastime por primera vez, la primera vez que se le rompa el corazón, yo estaré ahí, a su lado.
Yo voy a estar ahí para abrazarla, para sentirla. Vamos a mostrarle, con nuestro llano y con las frustraciones que sentimos de vez en cuando, que podemos llorar, sí; que podemos sentir, sí. Que nosotros siempre seremos un lugar seguro y que ella podrá siempre acudir a nosotros.

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