viernes, 2 de junio de 2017

A quien daña una venganza?

Un día el pequeño Jaimito entró a su casa dando patadas en el suelo y gritando muy molesto. Su padre, quien estaba saliendo hacia el jardín con el objeto de realizar unos trabajos en la huerta familiar, lo llamó para conversar con él.
Jaimito, desconfiado, lo siguió, no sin antes decirle en forma irritada: Papá, ¡te juro que tengo mucha rabia! Pedro no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas hasta de matarlo!
Su padre, un hombre sencillo, pero lleno de sabiduría, escuchaba con calma al hijo quien continuaba diciendo: Imagínate que el tonto de Pedro me humilló frente a mis amigos. ¡No acepto eso!, me gustaría que él se enfermara para que no pudiera ir más a la escuela.

El padre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa de donde tomó un saco lleno de carbón, el cual llevó hasta el final del jardín. Su hijo lo miraba callado, y antes de que pudiera decir algo, el padre le propone lo siguiente:
¿Jaime, ves aquella camisa blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que esa camisa es Pedrito y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a él. Quiero que le tires todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regreso para ver cómo quedó.
El niño lo tomó como un juego y comenzó a lanzar los carbones, pero como la tendedera estaba lejos, pocos de ellos acertaron la camisa. Una hora después, el padre regresó y le preguntó: Hijo, ¿qué tal te sientes?
Cansado pero alegre, ¡ya le di su lección a Pedrito!, y sonreía. Acerté algunos pedazos de carbón a la camisa. El padre tomó al niño de la mano y le dice: Ven conmigo a mi cuarto, que quiero mostrarte algo.
Al llegar al cuarto, lo coloca frente a un espejo que le permite ver todo su cuerpo. ¡Qué susto! Estaba todo negro y sólo se le veían los dientes y los ojos. En ese momento el padre dijo: Hijo, como pudiste observar, la camisa quedó un poco sucia pero no es comparable a lo sucio que quedaste tú.
El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros. Por más que queramos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos y la suciedad siempre quedan en nosotros mismos.
Con esas palabras finales, el Padre se despidió de Jaimito quien había aprendido una lección de vida.
No guardes resentimientos ni rencores en tu corazón, déjalos ir, no quieras con tus pensamientos e imaginación llevar esos deseos de venganza a la persona que te ha herido.



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