sábado, 6 de mayo de 2017

Sábado, mayo 6, 2017


Sábado, mayo 6, 2017

TERCERA SEMANA DE PASCUA, AÑO I
JUAN 6:60-69
Amigos, hoy llegamos al final del extraordinario capítulo sexto del Evangelio de Juan. Jesús ha dicho a quienes le escuchan: “Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes”.

Leemos que: “Muchos de sus discípulos, al oír a Jesús, dijeron: ‘Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla?’”. Conociendo lo que murmuraban, Jesús dijo: “¿Les resulta difícil aceptar esto?”. Ahora bien, si estas palabras pretendían tener un sentido simbólico, no hubieran tenido este efecto tan explosivo e impactante en sus oyentes. Incluso al dársele la oportunidad de aclarar su significado siguiendo una línea simbólica, Jesús hace justo lo contrario.

Lo que se sigue a estas palabras del Señor es uno de los momentos más tristes del Nuevo Testamento: las Escrituras nos dicen que la mayoría de sus seguidores le abandonan. Pero cuando Jesús le pregunta a sus discípulos si también se irán, Pedro habla por los Doce: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. La Iglesia, a lo largo de siglos hasta nuestros días, ha estado del lado de Pedro. Jesús no es un interesante maestro entre muchos otros; es el único, aquél que en verdad posee palabras de vida eterna, el Santo de Dios. Y viene a nosotros a través de la carne y de la sangre en la Eucaristía.

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