domingo, 23 de abril de 2017

Un cruce de miradas

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ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios

Segundo sábado de marzo con María en nuestro corazón. Ayer, durante el rezo del viacrucis, una escena me sobrecoge. Bajo el peso de la Cruz, Jesús se arrastra hacia el Calvario y en la cuesta del camino se encuentra con María, su Madre. No había meditado nunca en profundidad este momento sobrecogedor en la vida de la Virgen. Es un momento de dolor intenso, de profundo desasosiego interior, de enorme desconsuelo. Pero María demuestra una fortaleza interior sobrenatural. Es el Espíritu Santo el que la sostiene. Es el ejemplo claro y conciso de que una vida de oración intensa ayuda al alma del ser humano a ser fuerte ante la adversidad. María es consciente del significado que tiene para su Hijo la Pasión que está viviendo. La dureza del escarnio, de la flagelación inhumana y del desprecio de los hombres. Ya Antes María se había flagelado con su hijo. Pero es tan grande su amor, es tan inmensa su fidelidad a la palabra dada, a su «Sí» a Dios, que pese a la dureza del momento Ella está allí junto a Jesús, quebrada su alma y herido su corazón. El miedo es vencido por el amor de Madre. María enseña que en el camino del sufrimiento hay que estar siempre al lado de Cristo. A la Virgen, seguramente, le vendrían en ese momento a la memoria aquellas palabras del anciano Simeón de que una espada traspasará tu corazón y que el dolor llegaría a su vida. Pero María no huye, como hacemos siempre todos, sino que permanece allí, en el camino, sin esconderse, buscando la mirada cómplice de su Hijo.

Se me desgarra el corazón sólo de pensar como aquellos cuatro ojos santos fijaron su mirada. Esas miradas antaño de complicidad están marcadas ahora por el dolor profundo, por el desgarro intenso. Unen Madre e Hijo su dolor desde el corazón. Unen sus caminos. Unen sus sufrimientos. Unen sus sentimientos. Pero, al mismo tiempo, unen sus vidas a la voluntad de Dios.
La vida de cada uno está llena de cientos de cruces. A veces subir la cuesta del calvario se hace una tarea imposible. Cargar la Cruz supone mucha renuncia y mucho sufrimiento. Por eso, esta escena del reencuentro entre Cristo y María es tan consoladora para todo creyente. En cada paso que uno da cargando su cruz basta con buscar la mirada de María, esa mirada de Madre repleta de amor, de entrega, de complicidad, de misericordia, de consuelo, de esperanza. María no se esconde, no huye nunca; aparece siempre cuando uno la reclama. Hace como hizo con su Hijo, que en el momento del abandono más absoluto, cuando ya la Cruz era muy pesada, aparece para compartir el sufrimiento, la desdicha, angustia y la tristeza.
No hay Cruz pesada que de la mano de María se haga más liviana. ¡Que no me olvide nunca de buscar la mirada de María!

¡María, madre, me gustaría mirar a Jesús de la misma manera que lo miraste tu siempre y especialmente cuando vuestros ojos se encontraron en el camino del Calvario! ¡Concédeme la gracia de saber mirar y ver el dolor de las personas que están a mi lado y que no pase de largo! ¡Que cada encuentro mío, María, llegue también al corazón de los otros en los que está Jesús tu Hijo! ¡La misma ternura que diste tú a Jesús para consolarlo en aquel momento de soledad pueda yo ofrecer también a las personas que me rodean que sufren, que tienen heridas, que están llenas de dolor y de soledad! ¡Junto a ti María quisiera yo también en estos días consolar a tu Hijo y aceptar en mi vida la voluntad divina! ¡No permitas María que me aleje de la Cruz y renuncia a ella, que mis cobardías y mis infidelidades la dejen en un lado del camino y que me resista a la voluntad del Padre que, aunque a veces no lo entienda, siempre es buena para mi! ¡Ayúdame, María, a ser cada día un poco mejor, a descargar en Jesús todas mis preocupaciones y ponerlas en tus manos para que la eleves al cielo; que mi abandono sea auténtico y que mi confianza sea la misma que tuviste tú con Jesús!


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