miércoles, 19 de abril de 2017

Miércoles, abril 19, 2017



Miércoles, abril 19, 2017

MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA, AÑO I
LUCAS 24:13-35
Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús ilumina a los discípulos camino a Emaús. ¿Han tratado alguna vez de armar un rompecabezas y luego se sorprenden cuando muchas piezas repentinamente encajan? Pues bien, esto es justo lo que le ocurrió a estos discípulos cuando Jesús comenzó a hablar: “¡Qué torpes son para comprender, y qué duros son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?”.

Todo el cristianismo pende aquí en equilibrio. Los discípulos en un primer momento no lo comprendieron. No entendían el Secreto. El Misterio. La clave. El patrón. Y, ¿cuál era? El amor de Dios que se vacía a sí mismo, sí, incluso hasta la muerte. El acto de Dios que toma sobre sí mismo los pecados del mundo para quitarlos, el Misterio de la redención a través del sufrimiento.

Jesús explica esto primero, refiriéndose a los profetas; pero luego se los presenta de la manera más vívida posible: “Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a ellos”. Y es en ese instante que todo cobra sentido, el momento en que el rompecabezas se resuelve. La Eucaristía hizo presente este amor hasta la muerte, este amor que es más poderoso que el pecado y que la muerte. La Eucaristía es la clave.

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