miércoles, 12 de abril de 2017

LAS MEDITACIONES DEL VÍA CRUCIS 2017 QUE EL PAPA FRANCISCO PRESIDIRÁ EN ROMA (Estaciones 8-14)

Posted: 11 Apr 2017 03:03 PM PDT
El Papa Francisco encargó la preparación de las meditaciones del Vía Crucis del Viernes Santo 2017 a la biblista francesa Anne-Marie Pelletier, que decidió hacer algunas innovaciones en la estructura del mismo

Octava estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Lectura del santo Evangelio según san Juan

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo (19, 23).

Lectura del libro de Job

«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él» (1, 21).

Meditación

El cuerpo humillado de Jesús queda desnudo. Expuesto a las miradas de burla y desprecio. El cuerpo de Jesús plagado de heridas y destinado al suplicio extremo de la crucifixión. Humanamente, ¿qué otra cosa se puede hacer sino bajar los ojos para no aumentar su vergüenza?

Pero el Espíritu nos ayuda en nuestra confusión. Nos enseña a entender el lenguaje de Dios, el lenguaje de la kenosis, este abajamiento de Dios para llegar hasta donde estamos nosotros. De este lenguaje de Dios nos habla el teólogo ortodoxo Cristos Yanarás: «El lenguaje de la kenosis: Jesús recién nacido, desnudo en el pesebre, desnudo en el río mientras recibe el bautismo como un siervo, colgado en el árbol de la cruz, desnudo, como un malhechor. Por medio de todo esto, él ha manifestado su amor por nosotros».

Adentrándonos en este misterio de gracia, podemos volver a mirar el cuerpo martirizado de Jesús. Entonces comenzamos a descubrir aquello que nuestros ojos no pueden ver: su desnudez resplandece con aquella misma luz que irradiaba su túnica en el momento de la Transfiguración.

Luz que aleja toda tiniebla.

Luz irresistible del amor hasta el extremo.

Oración

Señor, Dios nuestro, ponemos ante tus ojos la inmensa multitud de hombres que sufren la tortura, la asombrosa muchedumbre de cuerpos maltratados, temblando de angustia ante la amenaza de los golpes, muriendo en barrios miserables.

Te suplicamos, recoge su gemido.

El mal nos deja sin voz e indefensos.
Pero tú sabes hacer lo que nosotros no sabemos. Sabes encontrar una salida en el caos y en la oscuridad del mal. Sabes hacer que la vida de la resurrección brille ya en la pasión de tu Hijo amado.

¡Aumenta nuestra fe!

Te presentamos también la locura de los torturadores y de los que les mandan. También esta nos deja sin palabras... excepto para rezarte e implorarte entre lágrimas con las palabras de la oración que nos enseñaste: «Líbranos del mal».

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo Resucitado para vida nuestra,

Te rogamos, ten piedad de nosotros

Novena estación: Jesús es crucificado.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (23, 33-34).

Lectura del libro del Profeta Isaías

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron (53, 5).

Meditación

En verdad, Dios está donde no debería estar.

El Hijo predilecto, el Santo de Dios, es ese cuerpo expuesto en una cruz de infamia, abandonado al deshonor, en medio de dos malhechores. Hombre de dolores ante quien se vuelve el rostro; a decir verdad, igual que se hace con tantos seres humanos desfigurados que encontramos por nuestras calles.

El Verbo de Dios, por quien todo fue creado, ya no es más que carne muda y sufriente. La crueldad de nuestra humanidad se ha cebado con él y ha vencido. Sí, Dios está allí donde no debería estar, y sin embargo necesitamos que esté allí.

Vino para compartir con nosotros su vida. «Tomad», dijo sin cesar mientras ofrecía la salud a los enfermos, su perdón a los corazones extraviados, su cuerpo en la cena pascual.

Pero ha caído en nuestras manos, en territorio de muerte y de violencia: la de cada día en el mundo, que nos deja atónitos; y la que se insinúa dentro de cada uno de nosotros.

Lo sabían bien los monjes asesinados en Tibhirine, los cuales, a la oración «desármalos» añadían la petición «desármanos».

Era necesario que la dulzura de Dios visitase nuestro infierno, era el único modo de librarnos del mal.

Era necesario que Jesucristo trajese la infinita ternura de Dios al corazón del pecado del mundo.

Era necesario esto, para que la muerte, puesta ante la vida de Dios, se retirase y cayese, como un enemigo que encuentra un rival más fuerte que él y se dispersa en la nada.

Oración

Señor, Dios nuestro, acoge nuestra alabanza silenciosa.

Como los reyes que se quedan sin palabras ante la obra del Siervo revelada por el profeta Isaías (cf. 52, 15), nos quedamos estupefactos ante el cordero inmolado por nuestra vida y la del mundo, y confesamos que por tus llagas hemos sido curados. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor» (Sal 116, 12.17).

Pater noster

Cristo muerto por nuestros pecados,

Cristo Resucitado para vida nuestra,

Te rogamos, ten piedad de nosotros.

Décima estación: Jesús en la cruz es humillado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (23, 35-39).

«Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». [...] «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: [...] (los ángeles) te sostendrán en sus manos» (4, 3.9-11).

Meditación

¿No habría podido Jesús bajarse de la cruz? A duras penas nos atrevemos a hacernos esta pregunta. ¿Acaso el Evangelio no la pone en boca de los impíos?

Y sin embargo, ella nos persigue en la medida en que aún seguimos formando parte del mundo de la tentación a la que Jesús se enfrentó durante los cuarenta días en el desierto, preludio e inicio de su ministerio: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan, tírate desde la parte superior del templo, porque Dios cuida del que es su amigo». Pero en la medida en que bautizados en su muerte y resurrección seguimos a Jesucristo en su camino, el desafío del Maligno ya no tiene poder sobre nosotros, se reduce a nada, su mentira queda desenmascarada.

Es entonces cuando se descubre la importancia absoluta de aquel «era necesario» (Lc 24, 26), que Jesús enseña con paciencia y ardor a los caminantes de Emaús.

«Era necesario» que Cristo entrara en esta obediencia y en esta impotencia, para llegar hasta nosotros en esa impotencia a la que nos ha llevado nuestra desobediencia.

Comenzamos así a comprender que «sólo el Dios que sufre puede salvarnos», como escribió el pastor Dietrich Bonhoeffer unos meses antes de morir asesinado, de tal manera que, experimentando en profundidad el poder del mal, pudo resumir en esta verdad, simple y vertiginosa, la profesión de fe cristiana.

Oración

Señor, Dios nuestro, ¿quién nos librará de las insidias del poder mundano? ¿Quién nos librará de la tiranía de la mentira, que nos lleva a enaltecer a los poderosos y buscar a la vez las falsas glorias?

Sólo tú puedes convertir nuestros corazones.

Sólo tú puedes hacernos amar los senderos de la humildad.

Sólo tú..., que nos revelas que la única victoria es la del amor y que todo lo demás no es más que paja que dispersa el viento, ilusión que desaparece frente a tu verdad.

Te rogamos, Señor, disipa las mentiras que pretenden reinar en nuestros corazones y en el mundo.

Haznos vivir según tus caminos, para que el mundo reconozca el poder de la Cruz.

Pater noster

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Undécima estación: Jesús y su Madre

Lectura del santo Evangelio según San Juan

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (19, 25-27).

Meditación

También María ha llegado al final del camino. Ha llegado aquel día del que hablaba el anciano Simeón. Cuando tomó en sus brazos temblorosos al niño y su acción de gracias continuó con palabras misteriosas, que entrelazaban contemporáneamente drama y esperanza, dolor y salvación.

«Este —había dicho— ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2, 34-35).

Ya la visita del ángel había hecho resonar en su corazón un anuncio increíble: Dios había escogido su vida para hacer florecer la novedad prometida a Israel, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó» (1 Co 2, 9; cf. Is 64, 3). Y ella aceptó ese proyecto divino que comenzó a transformar su cuerpo y, que más tarde, condujo por caminos impredecibles al hijo nacido de sus entrañas.

En los días ocultos de Nazaret y luego también en el tiempo de la vida pública, cuando llegó la exigencia de hacerle sitio a la otra familia —la de los discípulos, esos desconocidos que Jesús decía que eran sus hermanos, hermanas y madres—, ella conservó todas estas cosas en su corazón, las confió a la gran paciencia de su fe.

Hoy es el tiempo del cumplimiento. La lanza que atraviesa el costado del Hijo traspasa también su corazón. También María se sumerge en la confianza sin apoyo, en la que Jesús vive totalmente su obediencia al Padre.

De pie, ella no huye. Stabat Mater. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Dios cumple sus promesas. En la oscuridad, pero convencida, sabe que Jesús es la promesa y su cumplimiento.

Oración

María, Madre de Dios y mujer de nuestra estirpe, tú que nos engendras maternalmente en aquel que has engendrado, sostén nuestra fe en las horas de oscuridad, enséñanos a esperar contra toda esperanza.

Haz que toda la Iglesia se mantenga en una espera fiel, a imagen de tu fidelidad, humildemente dócil a los proyectos de Dios, que nos llevan hacia donde no pensábamos ir; y que, más allá de toda expectativa, nos asocian a la obra de la salvación.

Pater noster

Salve, Regina, Mater Misericordiae;

vita, dulcedo et spes nostra, salve.

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz

Lectura del santo Evangelio según san Juan

[Jesús] dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. [...] Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis (19, 28-30.33-35).

Meditación

Ahora todo está cumplido. La misión de Jesús está concluida. Vino desde el Padre para la misión de la misericordia. La cumplió con una fidelidad que lo llevó hasta el extremo del amor. Todo está cumplido. Jesús encomienda su espíritu en las manos de Padre.

Es verdad, aparentemente todo parece hundirse en el silencio de la muerte que desciende sobre el Gólgota y las tres cruces levantadas. En este día de la Pasión, que llega a su fin, quien pasa por ese camino sólo puede ver la derrota de Jesús, el fracaso de una esperanza que había alentado a muchos, consolado a los pobres, levantado a los humillados, que hizo vislumbrar a los discípulos que había llegado el tiempo en que Dios cumpliría las promesas anunciadas por los profetas. Todo eso parecía perdido, destruido, derrumbado.

Sin embargo, en medio de tanta decepción, el evangelista Juan hace que pongamos los ojos en un pequeño detalle, y se detiene en él con solemnidad. Agua y sangre brotan del costado del crucificado. ¡Oh maravilla! La herida abierta por la lanza del soldado hace que salga el agua y la sangre que nos hablan de vida y de nacimiento.

El mensaje es extremadamente discreto, pero muy elocuente para los corazones que tienen un poco de memoria. Del cuerpo de Jesús brota el manantial que el profeta vio salir del templo. El manantial que crece y se convierte en un río caudaloso, cuyas aguas sanan y fecundan todo lo que tocan a su paso. ¿No había Jesús dicho un día que su cuerpo es el nuevo templo? Y la «sangre de la alianza» acompaña el agua. ¿No había Jesús hablado de su carne y su sangre como alimento para la vida eterna?

Oración
Señor Jesús, en estos días santos del misterio pascual renueva en nosotros el gozo de nuestro bautismo.

Al contemplar el agua y la sangre que brotan de tu costado, enséñanos a reconocer en qué fuente se engendra nuestra vida, de qué caridad está edificada tu Iglesia, para qué esperanza, que compartir con el mundo, tú nos has elegido y enviado.

Aquí está la fuente de vida que lava todo el universo, que brota de la herida de Cristo. Que nuestro bautismo sea para nosotros la única gloria, con una acción de gracias llena de asombro.

Pater noster

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza,

la sabiduría, la fuerza,

el honor, la gloria y la alabanza

por los siglos de los siglos.

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

[José de Arimatea], bajándolo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía (23, 53).

Meditación

Gestos de atención y de honor para el cuerpo profanado y humillado de Jesús. Algunos hombres y mujeres se encuentran al pie de la cruz. José, oriundo de Arimatea, hombre «bueno y justo» (Lc 23, 50), que pide el cuerpo a Pilato, como refiere san Lucas; Nicodemo, aquel que fue a encontrar a Jesús de noche, añade san Juan; y algunas mujeres que, tenazmente fieles, observaban. La meditación de la Iglesia ha querido añadir a la Virgen María, que estaba ciertamente también presente en este momento.

María, Madre de piedad, que recibe en sus brazos el cuerpo nacido de su carne y que ha acompañado tiernamente, discretamente durante sus años de vida, como madre que siempre cuida de su hijo.

Ahora es un cuerpo inmenso el que ella recoge, a medida de su dolor, a medida de la nueva creación que nace de la pasión del amor que ha atravesado el corazón del hijo y de la madre.

En el gran silencio que se creó después del griterío de los soldados, de las burlas de los que pasaban y del murmullo de la crucifixión, los gestos son ahora de dulzura, una caricia de respeto. José baja el cuerpo que se abandona entre sus brazos. Lo envuelve en una sábana, lo pone dentro de un sepulcro completamente nuevo, que espera a su huésped, en el jardín que está al lado.

Jesús ha sido arrancado de las manos de sus verdugos. Ahora, muerto, se encuentra entre aquellas de la ternura y de la compasión.

La violencia de los hombres homicidas ha pasado. La dulzura ha vuelto al lugar del suplicio.

Dulzura de Dios y de los suyos, esos corazones mansos a los que Jesús promete un día que poseerán la tierra. Dulzura originaria de la creación y del hombre a imagen de Dios. Dulzura del final, cuando toda lágrima será enjugada, cuando el lobo habitará con el cordero, porque está lleno el país del conocimiento del Señor (cf. Is 11, 6.9).

Canto a María

Oh María, no llores más: tu hijo, nuestro Señor, duerme en paz. Y su Padre, en la gloria, abre las puertas de la vida.

Oh María, alégrate: Jesús resucitado venció a la muerte.

Pater noster

En paz me acuesto y enseguida me duermo;

me despierto y tú me sostienes.

Decimocuarta estación: Jesús en el sepulcro y las mujeres

Lectura del santo Evangelio según san Lucas

Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto (23, 55-56).

Meditación

Las mujeres se han marchado. Ya no está el que habían acompañado, caminando premurosas e incansables por los caminos de Galilea. En esta tarde, les deja únicamente por compañía el recuerdo de la visión del sepulcro y de la sábana donde ahora reposa. Pobre y precioso recuerdo de los intensos días pasados. Soledad y silencio. Por otra parte, se acerca el shabbat, que invita a Israel a concluir el trabajo, como también hizo Dios cuando completó la creación, llevándola a plenitud con su bendición.

Hoy se trata de otra plenitud; por ahora escondida e impenetrable.

Un Shabbat para quedarse hoy quietos con el corazón recogido y la memoria oscurecida por las lágrimas. Para preparar también los perfumes y los aromas con los que ellas mañana, al amanecer, rendirán el último tributo a su cuerpo.

Sin embargo, con este gesto, ¿se preparan solamente a embalsamar su esperanza? ¿Y si Dios hubiera predispuesto una respuesta a su solicitud que ellas no logran ni siquiera prever, imaginar, intuir? El descubrimiento de una tumba vacía…, el anuncio de que él ya no está allí, porque ha destruido las puertas de la muerte…

Oración

Señor, Dios nuestro, dígnate ver y bendecir todos los gestos de las mujeres que honran en este mundo la fragilidad del cuerpo humano, que ellas rodean de dulzura y de honor.

Y a nosotros, que te hemos acompañado en este camino de amor hasta el final, dígnate protegernos, junto a las mujeres del Evangelio, en la oración y en la espera que han sido colmadas con la resurrección de Jesús, y que tu Iglesia se dispone a celebrar en el júbilo de la noche pascual.

Pater noster


A quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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