miércoles, 19 de abril de 2017

La mujer transformada. Bibliografía 18/04/2017 de FOPSME. P. Claudio Bert



La mujer transformada
“Rabbuní, Maestro” (Jn 20, 16)
Nunca pude pensar que una mujer, como yo, pudiera pasar a la historia; que se hablara tanto de mí, que se fijaran los pintores y poetas; que pudiera ser modelo de vida para otras muchas personas. Pero es que los caminos de Dios no hay quien los comprenda.
Soy María Magdalena. Sobre mi persona hay toda una nube de incertidumbres. Realmente, ¿quién soy?, se preguntan tantos y tantos estudiosos de los evangelios.
Yo sólo os diré que una mujer. Pero una mujer en aquellos tiem
pos, con más trabas que libertades. Que era de un pueblo que sabía mucho de salar el pescado de nuestro lago de Galilea; y, gracias a su venta, íbamos viviendo.
Que mi vida privada fue dura. Que esperaba a un Mesías con la esperanza mesiánica de muchos de los de mi época: libertador político. Soñaba con esa llegada, para que cambiara mi suerte.
Pero mi suerte cambió, por donde menos lo podía esperar.
Un día, junto al lago, vi a Jesús. Su mirada respetuosa, su paso firme y su figura humana me sedujeron. Le seguí.
Al poco rato de seguirle, descubrí que éramos muchos los que caminábamos tras Él. Se subió a una barca y empezó a hablarnos: “Salió el sembrador a sembrar…” Al final, yo me preguntaba qué tierra sería yo. Y empecé a seguirle de pueblo en pueblo. Cada gesto, cada palabra, cada mirada quería encontrar respuestas a mi vida. Lentamente fui entrando en el grupo. ¡Qué gozo era estar cerca del Maestro! Qué feliz era cuando le escuchaba decir: “Bienaventurados los pobres, los que sufren, los limpios”; o aquello otro que calaba profundamente en mi alma: “Vete en paz y no peques más”.
Y qué feliz el día que conocía a su madre. ¡Qué gran mujer!
Al poco tiempo de estar con Jesús y los suyos comprendí algo que decía un profeta nuestro: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Sí, todo lo dejé por Él. Mi vida ya era otra. Era una mujer nueva, sin trabas y libre. Había aprendido en poco tiempo más que en toda mi vida anterior.
Por eso, cuando se precipitaron los acontecimientos de su muerte, no me lo explicaba. No quería entender cómo uno de los nuestros pudo traicionarlo; cómo otros lo dejaron solo…; y comprendí que muchos se habían acercado a Él sólo por los signos.
Junto a la cruz, Roma sólo permitía la presencia de los familiares de los ajusticiados. Allí, junto a Jesús, estaba María, su madre, su primo Juan y sus tías; y ya lo sabéis por los evangelios, también estaba yo. ¿Cómo fue posible eso?… Dejadme que el secreto lo siga guardando en mi corazón.
Allí estaba yo. Estaba viendo morir al Mesías esperado; estaba contemplando hasta dónde puede llegar el odio; estaba saboreando lo que es amar y perdonar; estaba sufriendo al ver cómo se apagaba el corazón que con más ritmo de amor ha pasado por la historia; estaba con mi mirada fija en unos ojos que seguían hablando.
Después, ya sabéis lo que pasó. Nos fuimos del Gólgota. Y, con su madre, esperé. A esperar el Domingo; había mucho que hacer.
Y el Domingo fue genial. Que a mí, a una mujer, me confiara la gran noticia de que había resucitado, eral volver a los caminos incomprensibles de Dios.
Cada día que pasa, me dejo seducir más por Él.

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