sábado, 1 de abril de 2017

Eliminación de obstáculos para el diálogo ciencia-religión RUSSELL SHAW

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Da la casualidad de que era miércoles de ceniza cuando casualmente un golpecito en una estación de radio de información continua justo a tiempo para coger un polvo rápido entrevista con un científico. Había escrito un libro sobre el origen del universo y quería que todos supieran que esta historia en particular no exige a nadie a creer en la existencia de Dios.
Por el contrario, dijo, desde el principio “las moléculas” poseían un dinamismo incorporado que les trasladó a organizarse en sistemas de complejidad cada vez mayor. Dejar que esas moléculas hacen su cosa el tiempo suficiente, y- voilá ! -el universo.
Mientras escuchaba, una pregunta formó en mi mente: “¿Y dónde, eminente señor, no las moléculas viene?”
¿Ingenuo? Quizás. Pero tenga en cuenta la ingenuidad de observación del científico. Era típico de los pronunciamientos sobre asuntos espirituales hechos con bastante frecuencia en estos días por la gente-de ninguna manera siempre-científicos que supuestamente hablan con el apoyo de la “ciencia”.

La ciencia es una maravilla, para estar seguro, y los científicos son personas dotadas a los que debemos grandes incrementos en el conocimiento de y capacidad de manipular, el mundo físico. La ciencia nos dice más acerca de las operaciones de este mundo notable, más luz se derramó en la extraordinaria creatividad de Dios.
Dicho esto, sin embargo, debe decirse también que algunos científicos muestran una arrogancia infantil en pronunciarse sobre cuestiones que están más allá de la capacidad del método científico para arrojar luz. Esto incluye, pero casi no se limitan a, la cuestión de Dios.
Hace varios años, un filósofo de la Universidad de Nueva York llamado Thomas Nagel causó un gran revuelo y recibió no pocos ataques personales con un libro llamado mente y Cosmos (Oxford, 2012), que fue muy crítico con este tipo de extralimitación.
Nagel, él mismo un no creyente, dirigido su crítica en el actualmente popular cuenta neodarwinista de las funciones mentales humanas, que calificó de “un triunfo heroico de la teoría ideológica sobre el sentido común.” Con las adaptaciones necesarias, la crítica de Nagel se aplica a cualquier cuenta de manera similar reduccionista de el como uno que explica la existencia del universo y todo en él por la acción de moléculas cuya existencia aparentemente no se puede explicar tal mundo.
La religión a veces hace su propia contribución a este problema dando una cuenta simple-mente de Dios. Un ejemplo destacado: representación de la creación de Adán en el techo de la Capilla Sixtina, donde Dios es representado como un hombre viejo y de gran alcance con una barba blanca que fluye de Miguel Ángel.
Este es el gran arte, pero también es muy mala teología en la medida en que, tomado literalmente, se refuerza la falacia antropomórfica que supone que Dios es más o menos como nosotros, aunque mucho más grande y más inteligente.
Entonces, ¿qué es Dios? O mejor dicho, ¿qué podemos saber de él? Santo Tomás de Aquino hace que el punto crucial que “no podemos saber lo que es Dios, sino más bien lo que no es” -La forma de la negación que se llama. Revelación de lado, tal conocimiento positivo de Dios como podemos tener es el conocimiento por analogía, que proviene de saber las cosas creadas: Dios es algo como esto, algo por el estilo, pero muy diferente a todo en nuestra experiencia.
Por encima de todo, Dios es trascendente-que existe en un orden de ser totalmente fuera de nuestro propio. Y, como señala el historiador Notre Dame Brad S. Gregory en su importante libro La Reforma no deseado (Harvard, 2012), “si es real, un Dios trascendente es, por definición, no están sujetos a descubrimiento o la refutación empírica.”
Esto es algo embriagador, casi no explica por sí mismo, pero es un punto de partida necesario para el diálogo entre la ciencia y la religión. salvas simplistas de ambos lados no son de ayuda en eso.

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