martes, 28 de marzo de 2017

Tengo una profunda sed de ti

orar con el corazon abierto


ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios

Me surge hoy en la oración un sentimiento profundo. Cristo, desde la Cruz, con sus brazos extendidos, desde ese trono de amor que es el madero santo, me susurra: «Te amo profundamente. Te amo como nunca me amarás tu a mí. Estoy aquí, con los brazos extendidos en cruz, porque quiero entrar en tu corazón, abrazar tu vida, tu fragilidad y tu humanidad. Tengo una profunda sed de Ti. Dame de beber».
Una grieta profunda se abre en mi corazón. ¡Cuanto me cuesta comprender que el Señor anhela ardientemente ganarme para Él. Ese «¡Tengo sed!» que pronuncia desde la Cruz es un «Dame de beber». Cristo no desea sólo mi salvación, quiere algo más, necesita conquistar mi pobre corazón para unirse a mí y desde la horizontalidad y verticalidad de la cruz llevarme hacia la santidad.
¿Cómo puedo ser ajeno a esta llamada amorosa del Señor? ¿Cómo no ser receptivo a este «¡Tengo sed!» si esta sed es la necesidad de mi amor, de mi entrega, de mi confianza, de mi olvido de mi mismo, de mi renuncia al pecado? ¿Cómo voy renunciar a ese clamor del Señor que tiene sed de mi santidad? ¿Como no ver que este «¡Tengo sed!» es para saciarse de mi unión con Él, de mi renovación interior, de mi purificación, de mi transformación personal, de mi conversión auténtica a su amor y su misericordia? ¿Cómo no ver que ese «¡Tengo sed!» es reclamar mi atención cuando no merezco darle de beber por tantas incongruencias, desprecios, miserias, infidelidades, abandonos que me alejan una y otra vez de Él?
Y, sin embargo, desde la Cruz, Jesús exclama: «Tengo sed». Y lo hace en el momento de la agonía, cuando parece que sus fuerzas lo han extenuado. Así es también el amor de Cristo. Firme en el dolor, fiel en la adversidad.
«Tengo sed», me dice el Señor. ¡Yo también tengo sed de ti, buen Jesús, aunque me olvide de decírtelo cada día!


¡Señor, permanezco a los pies de la Cruz contemplando tu rostro y tu cuerpo doloridos y mi corazón compungido te da las gracias por tanto amor! ¡Señor, gracias, por necesitar de mi cercanía Tú que eres la bondad infinita, la ternura viva, el amor dadivoso, la misericordia generosa! ¡Gracias, Señor, porque desde la penuria de la Cruz deseas ardientemente mi cercanía, mi entrega confiada y mi amor! ¡Yo también, Señor, tengo sed de ti, de amarte y de que Tú también me ames! ¡Tengo sed de Tí para que sanes todas esas heridas que hay en mi corazón y me impiden avanzar! ¡Tengo sed de Ti para llenar mi corazón de paz y serenidad! ¡Tengo sed de Ti para no dudar nunca de Ti ni de la grandeza de tu misericordia! ¡Tengo sed de Ti, Señor, para llenar de sosiego mi vida cuando se presentan las pruebas y me ahogue en las tormentas de lo cotidiano! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque sé que tu amor es infinito y tus bendiciones colman de paz mi vida! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque soy consciente de que me perdonas y me amas por muchos errores que haya cometido! ¡Tengo sed de Ti, Señor, porque tu amor me basta y así puedo hacerme pequeño y más sencillo a los ojos de los demás, llevando mi orgullo y mi soberbia al pozo del adiós para inundarme de la humildad que viene de Ti! ¡Señor, quiero abrirme siempre a Ti! ¡No permitas, Señor, que me acostumbre a verte crucificado y hazme ver siempre tus huellas en el presente de mi vida!

Sitio! (Tengo Sed) es la quinta de las palabras de Cristo en la Cruz. Hoy escuchamos esta impresionante versión de Theódore Dubois para acompañar la meditación:

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