lunes, 20 de marzo de 2017

Serie oraciones – expresiones de fe -Venerable Marta Robin - Según Cristo

Orar
No sé cómo me llamo…
Tú lo sabes, Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu voz.
Pronuncia esa palabra
De júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre 
que me diste, Señor!
Este poema de Ernestina de Champurcin habla de aquella llamada que hace quien así lo entiende importante para su vida. Se dirige a Dios para que, si es su voluntad, la voz del corazón del Padre se dirija a su corazón. Y lo espera con ansia porque conoce que es el Creador quien llama y, como mucho, quien responde es su criatura.
No obstante, con el Salmo 138 también pide algo que es, en sí mismo, una prueba de amor y de entrega:
“Señor, sondéame y conoce mi corazón, 
ponme a prueba y conoce mis sentimientos, 
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”
Porque el camino que le lleva al definitivo Reino de Dios es, sin duda alguna, el que garantiza eternidad y el que, por eso mismo, es anhelado y soñado por todo hijo de Dios.
Sin embargo, además de ser las personas que quieren seguir una vocación cierta y segura, la de Dios, la del Hijo y la del Espíritu Santo y quieren manifestar tal voluntad perteneciendo al elegido pueblo de Dios que así lo manifiesta, también, el resto de creyentes en Dios estamos en disposición de hacer algo que puede resultar decisivo para que el Padre envíe viñadores: orar.
Orar es, por eso mismo, quizá decir esto:
-Estoy, Señor, aquí, porque no te olvido.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero tenerte presente.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero vivir el Evangelio en su plenitud. 

-Estoy, Señor, aquí, porque necesito tu impulso para compartir.

-Estoy, Señor, aquí, porque no puedo dejar de tener un corazón generoso. 

-Estoy, Señor, aquí, porque no quiero olvidar Quién es mi Creador. 

-Estoy, Señor, aquí, porque tu tienda espera para hospedarme en ella.
Pero orar es querer manifestar a Dios que creemos en nuestra filiación divina y que la tenemos como muy importante para nosotros.
Dice, a tal respecto, san Josemaría (Forja, 439) que “La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios. —¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración”.

Por tanto, el santo de lo ordinario nos dice que es muy conveniente para nosotros, hijos de Dios que sabemos que lo somos, orar: nos hace eficaces en el mundo en el que nos movemos y existimos pero, sobre todo, nos hace felices. Y nos hace felices porque nos hace conscientes de quiénes somos y qué somos de cara al Padre. Es más, por eso nos dice san Josemaría que nuestra vida, nuestra existencia, nuestro devenir no sólo “puede” sino que “debe” ser oración.
Por otra parte, decía santa Teresita del Niño Jesús (ms autob. C 25r) que, para ella la oración “es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.
Pero, como ejemplos de cómo ha de ser la oración, con qué perseverancia debemos llevarla a cabo, el evangelista san Lucas nos transmite tres parábolas que bien podemos considerarlas relacionadas directamente con la oración. Son a saber:
La del “amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13) y la de la “mujer importuna” (cf. Lc 18, 1-8), donde se nos invita a una oración insistente en la confianza de a Quién se pide.
La del “fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que nos muestra que en la oración debemos ser humildes porque, en realidad, lo somos, recordando aquello sobre la compasión que pide el publicano a Dios cuando, encontrándose al final del templo se sabe pecador frente al fariseo que, en los primeros lugares del mismo, se alaba a sí mismo frente a Dios y no recuerda, eso parece, que es pecador.
Así, orar es, para nosotros, una manera de sentirnos cercanos a Dios porque, si bien es cierto que no siempre nos dirigimos a Dios sino a su propio Hijo, a su Madre o a los muchos santos y beatos que en el Cielo son y están, no es menos cierto que orando somos, sin duda alguna, mejores hijos pues manifestamos, de tal forma, una confianza sin límite en la bondad y misericordia del Todopoderoso (¡Alabado sea por siempre!).
Esta serie se dedica, por lo tanto, al orar o, mejor, a algunas de las oraciones de las que nos podemos valer en nuestra especial situación personal y pecadora.
Durante las semanas que Dios quiera vamos a traer a esta serie palabras de la Venerable Marta Robin contenidas en el libro “Ce que Marthe leur a dit” escrito por el postulador de la Causa de Canonización y por la vice postuladora, a la sazón, el sacerdote P. Bernard Peyrous y Marie-Thérèse Gille.
   
Según Cristo 
“Hace falta ofrecer el trabajo a Dios, podemos unirnos a Dios en el trabajo, pero también es verdad que hace falta tener tiempos fuertes de oración durante la jornada de trabajo. Mirad a Jesús, durante las jornadas de trabajo iba con las personas, estaba disponible para todos y luego pasaba las noches en oración con su Padre.”
Poner de ejemplo al Hijo de Dios es, siempre, garantía de no equivocarse nunca. Por eso la Venerable Marta Robin hace lo propio cuando se refiere a lo que cada día hacemos pero, sobre todo, a lo que debemos tener como muy importante en nuestra vida de discípulos de Cristo.
Se suele decir que cada día, al comienzo del mismo y a lo largo del mismo, debemos ofrecer a Dios aquello que vamos a llevar a cabo y, luego, lo que estemos realizando. A eso se le puede llamar sin temor a equivocarnos sabe qué es lo que nos conviene que no es otra cosa que agradecer a Dios lo que somos, lo que tenemos y, también, lo que podemos ser y tener.
Ofrecer a Dios nuestro trabajo o, en general, aquello que ahora y luego hagamos, no es cosa baladí. En primer lugar, hacemos lo que debemos porque todo se lo debemos al Creador; luego, estamos en el camino de hacer bien las cosas porque sabemos que el Todopoderoso está mirando lo que hacemos. Y eso sólo puede ser bueno porque es la forma de ver que lo que ofrecemos lo hacemos sabiendo lo que debemos hacer.
Pero hay algo que no podemos olvidar pero que, por desgracia, tantas veces tenemos como poco importante.
Nuestra Venerable Marta Robin sabe lo que es crucial para nuestra vida de hijos de Dios. Por eso habla del ofrecimiento pero no da de lado a la oración. Y ella, mujer de oración donde las hubiera, no puede, ¡qué menos!, que recordarnos que debemos saber eso.
Podemos ver que Marta Robin no dice, por ejemplo, que es muy importante ofrecer el trabajo a Dios pero que la oración… cuando podamos. No. Ella pone al mismo nivel una cosa y la otra. Al fin y al cabo, el ofrecimiento es ya, en sí mismo, una forma de oración, un mirar a Dios para decirle que nuestra labor la queremos dedicar a su glorificación.
Pero la oración no debe faltar. Es más, no es que diga que de vez en cuando, tal vez alguna ocasión, sino que hace falta tener “tiempos fueres de oración” y no en cualquier momento sino en la jornada de trabajo. Así, todo lo que llevemos a cabo será como un dejar en los pies de Dios nuestros anhelos, nuestras ansias y, en fin, todo lo que somos y queremos ser.
Para eso, para recordarnos eso, no le basta a Marta Robin con ponerse, digamos, de ejemplo, sino que echa mano de Quien es el ejemplo de todo lo bueno y mejor: Jesucristo.
Es cierto, que podemos imaginar al Hijo de Dios en la carpintería de José trabajando duro para poder salir adelante. Pero no podemos dejar de ver, por sabido y leído, que oraba mucho. Es más, nos dice Marta Robin que pasaba las noches orando. Y no negamos que fue así porque así fue.
Con esto nos dice nuestra Venerable que ofrecer el trabajo está más que bien, que es necesario, pero que no podemos olvidar la oración porque, al fin y al cabo, orar es mirar a Dios ofreciéndole lo que somos. Haciendo, vamos, según Cristo hizo. 

Eleuterio Fernández Guzmán

No hay comentarios:

Publicar un comentario