domingo, 12 de marzo de 2017

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

nativity-of-christ1“Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre”.
“La Sma. Virgen María es propia, real y verdaderamente Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado” (Dogma de fe expresamente definido por la Iglesia)
La Madre de Dios fue quien nos trajo la Vida nueva de la Gracia, ya que Ella no sólo fue quien engendró a Jesucristo, su divino Hijo, sino que lo generó al mundo, dice un autor antiguo. Y Jesucristo, su divino Hijo, fue quien dijo: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Si celebramos un año nuevo, no nos alegramos tanto del tiempo, que es perecedero; que pasa y no vuelve… De lo que sí nos alegramos es de quien está contenido en el tiempo y que es Aquel que no pasa…!!!
Jesucristo se encarnó en el espacio y en el tiempo, para darle un sentido al tiempo, para que las agujas del tiempo, manteniendo tensa nuestra esperanza, vayan marcando nuestra ascensión hacia la Eternidad.

Dios, que es la Fuente de la vida, nos trajo la Vida nueva de la Gracia. Esa Vida divina que está fuera del tiempo fue introducida por Dios en el tiempo. Pero lo admirable de este misterio es que en la Virgen y por Ella, -esa criatura humana inmersa en el espacio y en el tiempo, como nosotros, y al mismo tiempo inigualable a cualquier criatura por el privilegio de su inmaculada Concepción- ; fue introducida la vida divina en el planeta tierra, es decir, la Palabra, la Luz se ha encarnado en su Seno Virginal, el Dios con nosotros, el Dios nacido de una mujer.

Y si por Ella vino el Verbo de Dios a nosotros, por Ella también nosotros somos introducidos en la Vida del Verbo, que es la vida intemporal que no tiene fin ni se puede corromper. ¡Qué admirable intercambio…!!! O como dicen bellamente los Padres: “Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”.
Veamos cómo bellamente lo expresa San Máximo de Turín: “Dios, que estaba junto a Dios salió de él, y la carne de Dios, que no estaba en él, salió de una mujer. Así Dios se hizo carne, pero no de manera que Dios quede diluido en el hombre, sino para que el hombre sea gloriosamente elevado en Dios”. Un autor antiguo, el Cardenal Berulle, expresa bellamente también que Jesucristo, que se encontraba en el seno del Padre, descendió al seno de María.
En el Seno de María verdaderamente todos nos hacemos hijos de Dios, es decir, de esa casta de hijos que no nacen de la carne y la sangre, sino de la fe y de la voluntad de Dios. Es decir que, para ser verdaderamente “hijos de Dios” debemos nacer por la fe. María fue quien nos engendró por la fe…!!! Esa Luz divina, la Palabra, -nos refiere el apóstol San Juan-, “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”, pero a “todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”.
Comenzamos a ser hijos por la fe, por creer lo revelado. La primera que creyó fue María; le creyó a Dios, y por Ella ocurrió el acontecimiento central de la humanidad: la encarnación. !Admirable intercambio…!!!-.
Toda esta vida nueva que comienza en el tiempo y le da valor y sentido al tiempo, no es algo ficticio sino visible: comienza en el Seno de María, pero se manifiesta visiblemente como una prueba histórica, en el Pesebre. Allí podemos ver y palpar históricamente lo que Dios nos prometió. Así dice el Evangelio de este domingo: “Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el Ángel del Señor, y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre”.
En el icono que estamos contemplamos, aparece la Virgen, junto con su Hijo divino, en el centro de la escena, Ella no es el centro, -nuestra espiritualidad es Cristo-céntrica-, pero Ella es concéntrica con su Hijo. No nos olvidemos que es la Madre de Dios, la más cercana de todo el universo a Dios, más que los ángeles y los santos. Por eso decimos en la teología que María es la única que toca el orden hipostático de las tres divinas personas de la Santísima Trinidad: Ella es, como dice la tradición: “La Madre de Dios Hijo, la hija de Dios Padre y la Esposa de Dios Espíritu Santo”. Y también, como indican las tres estrellas luminosas que están sobre su frente y sus hombros, Siempre Virgen: antes, durante y después del parto. Tiene María al mismo tiempo, como dice la liturgia: “el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad”.
El Niño Dios está en el centro, como dijimos, y se nos manifiesta como lo describe San Juan en su Prólogo: “La luz brilla en las tinieblas”, y es bien identificada esa Luz divina por una estrella: “La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre”.  El Niño se encuentra en una caverna oscura y triste, símbolo de las tinieblas del mundo
La Maternidad de María alegra a todo el universo creado y le devuelve su original belleza. Todo en el icono aparece pletórico de esta alegría: los ángeles que cantan: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Es decir, de los hombres que creyeron a los ángeles y luego vieron el humilde nacimiento en carne mortal. También la naturaleza participa, a su manera, de esta exultante alegría, la Navidad es la fiesta del cosmos: “En este día -canta la liturgia- el cielo y la tierra se regocijan proféticamente. Ángeles y hombres, regocijémonos, porque hoy se unen el cielo y la tierra. Que toda la creación dance y se estremezca. Hoy Dios ha venido a la tierra y el hombre se ha elevado a los cielos”. Todos los colores del arcoíris: el verde, el amarillo, el gris, el púrpura, se ponen al servicio del misterio”[1]
También nos muestra el icono la tentación a la que está sometido San José. Como se lo puede ver está aparte, ya que no es el padre carnal del Niño. Sin embargo Dios lo ha destinado para ser el Custodio de la Iglesia naciente, nada menos que de Jesús y María. El diablo aparece en frente de él vestido de pastor: “le insinúa dudas sobre la virginidad de María… Así como de éste bastón seco no pueden nacer flores, así tambpoco de ti, que eres viejo, puede nacer descendencia”. (…) “Es cierto que San José oyó al ángel que le decía “No temas tomar a María por mujer” (Mt 1, 20), pero ello no lo libra de la tentación”[2].
“El mensaje que transmitió Dios no es sólo palabra, sino, al mismo tiempo, acontecimiento: Mensaje que sucedió. Al acontecimiento sigue la palabra notificante”. Una vez que los pastores hubieron recibido la buena nueva, habían de ser también testigos de lo que vieron. Creyeron y pudieron luego ver con sus propios ojos lo que habían creído. «Bienaventurada tú, que has creído…» Van con presteza, como María, a cumplir el encargo de Dios. La oferta de la salvación no sufre dilaciones. Los hombres comienzan a volverse hacia el niño en el pesebre. En Jesús está la salvación y la gloria de Dios”.
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”.
[1] P. A. Saenz, El icono, esplendor de lo Sagrado,
[2] P. A. saenz, El icono,… 486

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