martes, 7 de marzo de 2017

Santa Cuaresma


Comenzamos la Santa Cuaresma, un tiempo privilegiado que como un faro luminoso nos advierte y nos ilumina el horizonte de la Pascua del Señor.
Es un tiempo fuerte de la Liturgia que tiene un doble movimiento: hacia Dios y hacia el hombre. Hacia Dios, porque necesitamos despertar mucho más la conciencia de que Él habita entre nosotros y su presencia llena el cielo y la tierra. El ejercicio de la oración que la Iglesia nos recomienda durante la Cuaresma, y del cual nos habló Jesús en el Evangelio del día, es precisamente el ámbito donde hemos de apropiarnos de esta Presencia amante y sanadora del Señor que está delante de nosotros como el “Tú” que trae toda la plenitud que anhela el corazón humano. Importa mucho estos días que tengamos una oración perfumada de silencio… El silencio ante la cercanía de Dios y el Rostro de Cristo que nos mira con amor, es el presupuesto necesario para que la oración no se desnaturalice y acabe en un soliloquio.

Junto a la oración el creyente echa mano del ayuno y de la limosna. Un ayuno que no debe reducirse a la expresión primera de las privaciones voluntarias  o del abstenerse de ciertos alimentos o bebidas, o bien disminuir las cantidades de consumo… No es un ayuno dietético el que viene a propiciar la Cuaresma. Lo exterior ha de ser la motivación y el nutriente para otros ayunos y abstinencias que afectan la dimensión del espíritu, del alma, de la conciencia: el ayuno de los pecados, de los vicios, de tanto y mucho que suele tenernos como atenazados y dependientes en el ejercicio de nuestro libertad.
Y una limosna que es mucho más que el “dar limosnas…”,  porque es la palabra que resume el ejercicio más propio del amor y de la misericordia que es el “dar-darme”.  Nos dice Dios en labios del profeta Isaías: “Éste es el ayuno que yo amo – oráculo del Señor – : soltar la cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Isaías 58).
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