lunes, 20 de marzo de 2017

San José. Esposo de la Virgen. Enseñanzas.


Del Padre Fundador. Pbro Claudio Bert. Bibliografía
Su desaparecer silencioso no expresa tan solo su aceptación de los designios divinos; es también un rendido homenaje a las magnificencias de Dios, la expresión de su asombro frente a lo que ha querido hacer de él, un pobre hombre que nada merece. Se reconoce tan repleto de dones que sólo el silencio le parece digo de sus acciones de gracias. Las palabras le faltan para expresar su anonadamiento ante el misterio que se desarrolla en su casa. Necesita un recogimiento cada vez más profundo para meditar todas las gracias cuyo recuerdo guarda en su corazón.
Hay quien no ve en José, el silencioso, más que un pobre santo arcaico que vivió hace dos mil años en un oscuro pueblo que no tiene nada que enseñar a los hombres de hoy. La realidad es, por el contrario, que muestra a nuestra época – la cual no brilla precisamente por su modestia y su sumisión – las enseñanzas más urgentes y necesarias. Ningún modelo con más verdadera grandeza. Actualmente no se estima más que la agitación, el ruido, el oropel, el resultado inmediato. Falta fe en las ventajas y fecundidad del retiro, del silencio, de la meditación; esas virtudes primordiales no aparecen ya más que como prácticas periciclitadas, esfuerzos perdidos para el progreso del mundo. Se rechaza todo lo que contraría un vulgar aburguesamiento. Todo contribuye en nuestros días, a exaltar la independencia de la persona humana y a reivindicar unos pretendidos derechos. El gran sueño de muchos hombres es tener un nombre y cubrirse de oropeles, obtener distinciones, subirse a un estrado, tener una situación que obligue a los demás a inclinarse ante ellos.

José nos enseña que la única grandeza consiste en servir a Dios y al prójimo, que la única fecundidad procede de una vida que, desdeñando el brillo y las hazañas pendencieras, se aplica a realizar consciente y amorosamente su deber, por humilde que sea, sin buscar otra compensación que agradar a Dios y someterse a sus designios, no teniendo otro temor que no servir bastante bien. Servidor por excelencia es aquel que, olvidándose de sí mismo, no vive más que para la gloria de su Señor y organiza toda su existencia en función de esa gloria. No busca una actividad incesante, porque es dentro de su alma donde no cesa de crecer su amor, siempre a la escucha de la voluntad divina, en espera de la menor indicación para actuar.
El mensaje de José es una llamada a la primacía de la vida interior, de la contemplación sobre la acción exterior y la agitación; nos habla de la urgencia de la abnegación , fundamento indispensable de toda fecundidad.
Nos enseña, finalmente, que lo esencial no es aparecer, sino ser; no es estar adornado de títulos, sino servir, vivir bajo el signo del querer divino y la busca de la gloria de Dios.

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