sábado, 4 de marzo de 2017

PREPARADOS PARA VIVIR LA SEMANA SANTA

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 comienza la Semana Santa. En general, todos ansían su llegada porque representa dos días de feriado y reuniones familiares donde se comparten platos de pescado… pero ¿es ese el sentido de este tiempo litúrgico?



La Semana Santa es un tiempo de reflexión y recogimiento; esto no significa que no disfrutemos o que nos castiguemos, sino, simplemente, tener una actitud serena ante las situaciones, no cometer excesos y ser plenamente conscientes de los sucesos que conmemoramos. Porque no olvidemos que la Semana Santa no es tiempo de festejo sino de conmemoración: recordamos el sacrificio que Jesús hizo por nosotros; el festejo vendrá inmediatamente después, en la Pascua.

En este último tiempo de preparación hacia el renacer, debemos acentuar aquellas actitudes que veníamos realizando en la cuaresma, porque si queremos nacer hombres nuevos, debemos ajustar los últimos detalles en este momento. Por decirlo de alguna manera, lo haré con una analogía: cuando tenemos un examen estudiamos durante un tiempo prudencial y nos tomamos ciertas licencias, pero a medida que la fecha se acerca comenzamos a “meterle pata”, y los últimos días repasamos y buscamos reafirmar los temas más complicados, aquellos que más nos cuestan. En este caso, el esfuerzo va dirigido a pulir las últimas asperezas de aquellos aspectos que queremos cambiar en nuestra vida, para ofrecerlos a Jesús, para que mueran con él y nos hagan renacer mejores en la Pascua

El color habitual de la cuaresma es el morado, pero en esta semana el color es el rojo, que representa sufrimiento, sangre, pero también amor: se usa en la semana en la que Jesús dio su vida por amor a nosotros. Existen tres momentos fundamentales de la Semana Santa, que nos guían en la reflexión y en la “bajada” a nuestras vidas de su significado.

Domingo de Ramos

En este primer día con el que comienza la Semana Santa recordamos la entrada de Jesús en Jerusalén. En los pueblos del antiguo Israel existía la tradición de proclamar a los reyes o gobernadores a través de la elección popular, o si alguien elegido por Dios se encargaba de hacerlo, el pueblo lo aclamaba como rey haciéndolo entrar en la capital del país. Fue por ello que Jesús, siendo el Hijo de Dios, entró a Jerusalén mostrándose al pueblo como el Mesías esperado, pero no lo hizo al modo de los reyes de la época, sino como un rey manso y humilde.

Jesús recorrió Palestina durante 3 años, anunciando el Reino de Dios, que hay que cambiar el corazón y convertirse. También curó a muchos enfermos, realizó muchos milagros y perdonó los pecados. El pueblo judío vivía bajo la opresión del imperio romano que lo maltrataba, por ello esperaba que se cumpliera la promesa que dios les había hecho de enviarles un Salvador. Al ver los milagros de Jesús pensaron que él los liberaría materialmente de esa opresión y esclavitud y por eso lo proclamaron rey; sin embargo, Jesús sabía que no era el tipo de rey que ellos esperaban, porque él les daría una liberación espiritual. Por eso, en lugar de entrar en Jerusalén en medio de grandes cortejos y carrozas, lo hizo montado en un burrito, llevando como compañía a sus amigos: doce humildes pescadores. El pueblo salió a su encuentro, y para saludarlo, cortó ramos de los olivos que bordeaban el camino. Con esta entrada triunfal comienza la Semana Santa, en la cual recordamos todo lo sucedido a Jesús en Jerusalén hasta el momento de su pasión. Él mismo se proclamó hijo de Dios, cosa que enojó mucho a los gobernadores y sacerdotes.

La celebración del Domingo de Ramos es una “fiesta” con un dejo de tristeza: recibimos al Mesías, sabiendo que ha llegado al lugar donde encontrará una muerte llena de sufrimiento… En ella se bendicen los ramos con los cuales aclamamos a Jesús como nuestro Salvador. Luego se hace una procesión hacia el templo para reproducir la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Una vez en el templo se continua la misa y se lee el Evangelio de la Pasión.

Jueves Santo

En este día Jesús celebró la última cena con sus amigos: la cena pascual. Los judíos en la época de Jesús celebraban la cena pascual; Pascua significa “paso”, y ellos con esta cena recordaban el paso que habían hecho por el Mar Rojo cuando Moisés los sacó de Egipto donde estaban esclavos. Cada año recordaban este acontecimiento porque Dios los había salvado con una cena especial en la cual se sacrificaba un cordero, como en aquella oportunidad en la cual marcaron los portales de aquellos a los que Dios debía salvar. Los corderos se sacrificaban el viernes; Jesús adelantó la cena porque él, que conocía de antemano los designios de Dios, sabía que ese viernes él sería el cordero que se sacrificaría en la cruz por todos nosotros.

Esta cena fue importante por una serie de hechos que tuvieron lugar allí. En primer lugar, antes de la cena, Jesús lavó los pies de los discípulos. Era costumbre higienizar los pies antes de comer, ya que tras caminar todo el día por senderos de tierra con sandalias abiertas estos se presentaban no aptos para una cena, y los sirvientes lavaban los pies de los comensales. Aquella vez, fue el Maestro el que dio el ejemplo, una parábola viva de lo que debíamos hacer en nuestras vidas. Luego, en la mesa, convirtió el pan y el vino en su cuerpo y su sangre como forma de quedarse siempre con nosotros como alimento espiritual que nos ayude a ser cada día mejores seguidores suyos. Es por ello que dijo “Hagan esto en memoria mía”: para que podamos recibirlo cada semana, cada día, para que nos renueve a cada momento. En esa misma cena nos dio también el mandamiento principal: ”Ámense unos a otros como yo los he amado”, hasta dar la vida si fuera necesario; en este punto él nos dio el ejemplo con el lavatorio de los pies. De esta manera, si somos discípulos de Jesús no basta con comulgar, sino que hay que vivir el mandamiento del amor, irradiar el amor que el nos da al ofrecerse como nuestro alimento espiritual.

Esa misma noche, Jesús oró por nosotros en el huerto de los olivos, y se apenó cuando sus discípulos se durmieron… un rato después, fue apresado por la traición de Judas.

Pensemos en este Jueves Santo como anda nuestra fe, si nos quedamos dormidos cuando alguien nos necesita, si damos privilegio a nuestro bienestar que a su necesidad… aprovechemos de orar con Jesús en el huerto, de agradecerle que sea nuestro pan espiritual, de pedirle fuerzas para amar a los demás como él nos amó, una tarea que se hace muy difícil con ciertas personas. Amar a los demás no implica tener afecto, sino respetar, dejar a cada uno proseguir su camino en libertad, perdonar sin guardar rencor… tal vez sea el sacrificio más difícil que nos pidió Cristo…

Viernes santo

Jesús compartió su vida al extremo de entregarla por cada uno de nosotros. Jesús nos amó hasta el fin, y por ello se sacrificó en la cruz para reconciliarnos con el Padre y perdonar nuestros pecados. El consejo de la ley formado por los judíos condenó a Jesús por la “blasfemia” de hacerse llamar hijo de Dios, y los romanos por sublevar al pueblo y proclamarse rey. Éstos últimos acostumbraban castigar a los malhechores clavándolos en una cruz que ellos mismos debían cargar, pero para esa fecha solían dejar en libertad a un preso a pedido del pueblo: esta vez, la elección popular recayó sobre Barrabás, y no sobre Jesús, que fue condenado a morir en la cruz esa misma tarde.

Jesús sabía que iba a morir, pero en ningún momento se negó o se rebeló contra quienes lo condenaban e injuriaban: solo pedía a su padre el perdón para ellos. Jesús vino a cumplir la misión de salvar a la humanidad: por la desobediencia y la codicia de Adan entró el pecado al mundo, pero por la obediencia y el amor de Jesús, nuestro Padre nos regala nuevamente su amistad. En este hecho, Dios se nos revela como esencia de amor, ya que nos creó con libre albedrío y aconsejó el mejor camino, pero aún así el hombre eligió el mal. Con la entrega de su Hijo, Dios manifiesta su intención de perdonarnos y nos muestra nuevamente el camino a seguir en la forma del ejemplo de vida dado por Jesús. Éste aceptó la voluntad del Padre sabiendo que el amor que él ponía en esa entrega sería recompensado con la resurrección y la vida eterna para él y todos los hombres.

Entonces, en este Viernes Santo, ¿qué sentido tiene una gran comilona de pescado? En cambio, deberíamos recogernos y pensar qué podemos hacer por los demás. En un tiempo, solía hacer orden en mi placard el Viernes Santo: seleccionaba aquella ropa que ya no usaba para darla a alguien que la necesitara. Tomaba la máxima de la Madre Teresa de Calcuta: “Dar hasta que duela”, y entonces ante la duda, daba las prendas. Cierta vez llegué a quedarme con dos pantalones… el resto se los envié a una conocida de mi tía junto con muchas otras cosas, porque ella tenía que trabajar y no tenía ropa presentable para ir a la oficina. De paso, también morí yo a una imagen de joven embolsada en ropas de vieja, y renací en la Pascua a un nuevo estilo, más acorde con mi edad que ayudó a operar en mí un cambio interior. Hagamos pues una comida más austera, compartamos con quien no tiene; compartamos el tiempo libre del feriado con aquel amigo que necesita conversar, y recemos para que nuestros aspectos negativos mueran en una cruz, agradeciendo nuestro renacimiento en la Pascua.

Sábado santo

Jesús ha muerto… llegó el tiempo de esperar el cumplimiento de su promesa: que resucitaría y nos daría nueva vida. El sábado es, por lo tanto, un tiempo de vigilia.

Jesús fue sepultado según el ritual judío: el cuerpo muerto fue ungido con aceites y perfumes y envuelto en un lienzo; luego se lo colocó en una tumba cavada en la piedra. Jesús pasó el día más sagrado del año en el sepulcro, pues era religiosamente el día más importante para los judíos. Por ello fue que recién el domingo las mujeres fueron al sepulcro a completar el rito de la sepultura.

Este día es día de silencio y oración porque recordamos que Jesús aún está en el sepulcro, el guía ha muerto y tan solo queda la esperanza de su resurrección prometida, la que da sentido a nuestra fe y a nuestra vida. La misa de vigilia pascual recrea este ambiente de espera: el templo en penumbra, iluminado tan solo por el cirio pascual, símbolo de la presencia de Jesús Resucitado: es la luz del mundo que vence las tinieblas del pecado y nos guía hacia la plenitud en el amor. De esta luz cada persona enciende un cirio y traspasa a su vez la luz a quienes lo rodean, de modo que la luz de Cristo ilumina la vida de cada uno a la vez que cada uno es agente de distribución de la luz de Cristo. Las lecturas recuerdan la historia del pueblo de Dios, reviviendo el anhelo de salvación de todos los hombres, el camino recorrido en búsqueda de Dios, de llegar a ser mejores personas cada día.

Oremos, pues, este Sábado Santo, para que no perdamos las esperanzas a la vista problemas del mundo actual y para que podamos ser agentes de esa esperanza. Por mi parte, rezo para que hayan encontrado el sentido de este tiempo, y para que usemos con sabiduría el feriado que se nos concede: que a la par de descansar y aprovechar de adelantar tareas postergadas por la rutina de la vida diaria, crezcamos en el amor a nuestros semejantes, en el perdón, en el servicio, y nos aferremos a la esperanza de renacer con Cristo siendo cada año mejores personas.

QUE DIOS TE BENDIGA EN  SEMANA SANTA

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