jueves, 9 de marzo de 2017

Ella veía a su Ángel de la Guarda todo el tiempo

Estimado José: 

Francisca, nacida en 1384 en una eminente familia del patriciado romano, recibió la formación católica de su madre, pero fue dirigida por el Divino Espíritu Santo en las vías de la santidad. De pureza virginal, no pensaba sino en consagrarse enteramente a Dios. A los 12 años hizo voto de ser religiosa. Pero no era ése el designio de Dios, por lo menos en aquel momento. Y así, aconsejada por su director espiritual, tuvo que aceptar el matrimonio propuesto por su padre con el joven Lorenzo Ponziani, igualmente de alta estirpe y buena disposición hacia la virtud. 

 

Santa Francisca Romana

A pesar de su corta edad, la joven esposa se empeñó en estudiar el genio del marido, para vivir con él en perfecta armonía conyugal. Y lo hizo tan bien que, durante los 40 años que duró su matrimonio, jamás hubo el menor desentendimiento entre esposo y esposa. 




Al casarse, Francisca fue a vivir al palacio de su marido, en donde encontró un tesoro en la persona de su cuñada Vanossa, predispuesta a secundarla en todo, en la línea de la virtud y del bien. Las dos comenzaron a visitar a los pobres, asistir a los enfermos y practicar toda especie de obras de misericordia. Para ello, los respectivos maridos, reconociendo los méritos y alta virtud de las esposas, les daban completa libertad de acción. 

Así, un día Roma vio estupefacta a Francisca, la gran dama de la aristocracia, arrastrando por las principales calles de la ciudad a un asno cargado de leña, y aún con un haz de ésta sobre la cabeza, que iba distribuyendo a los pobres. Incluso fue vista en las puertas de las iglesias junto a los pobres, mendigando con ellos para socorrer a los que estaban imposibilitados de hacerlo. En un año de gran carestía, Francisca y Vanossa fueron de puerta en puerta a pedir limosnas para los pobres. Muchos se escandalizaban al ver a dos matronas de la aristocracia practicando tan modesta tarea. Otros, por el contrario, se edificaban con tanta humildad y se unían a ellas. 

Ella convirtió a varias mujeres perdidas; sin embargo, a algunas que no quisieron hacer penitencia y enmendarse, se empeñó para que fuesen expulsadas de Roma o de asilos a donde se habían retirado, para que no pervirtiesen a otras. 

Formando a los hijos para el Cielo

Conociendo que los hijos son dados para ocupar los tronos vacíos dejados en el Cielo por la caída de los demonios, Francisca se los pidió a Dios. Y tuvo tres. Al primero le dio como patrono a San Juan Bautista, al segundo a San Juan Evangelista, y a la tercera, una niña, a Santa Inés. 

Vigilando ella misma por su educación, los preparó antes que nada para la vida que no tiene fin. Así Juan Evangelista, que vivió apenas nueve años, progresó tanto en la virtud, que llegó a tener el don de profecía. Al momento de su muerte, vio a San Juan y a San Onofre que venían a buscarlo... 

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En Jesús y María, 


 
Héctor Arzubialde
Campaña “El Perú necesita de Fátima”
www.fatima.pe




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