viernes, 31 de marzo de 2017

Compartimos uno de los numerosos milagros ocurridos en ese lugar


En Egipto… El mes pasado tuve la dicha de poder visitar Egipto una vez más. Muchos allegados me decían: “¡No vayas allá, es peligroso!” Pero ¿dónde estamos más expuestos? ¿Por qué pensar en Egipto más que en París, Niza y Bruselas donde el terrorismo también se ha manifestado? ¡Lo verdaderamente peligroso es faltar a la cita a la que Dios nos haya llamado! En su mensaje del 2 de marzo la Sma. Virgen María nos repite en dos oportunidades que ella ha venido para ayudarnos. Esto me recuerda lo que aprendí al visitar una pequeña iglesia escondida en las calles angostas y populosas del Cairo, en la parte más antigua de la ciudad. Allí se conserva uno de los tres íconos de la Virgen María que fueron pintados por el apóstol san Lucas. Otro de ellos se encuentra en Roma y el tercero en Jerusalén.
Este ícono de la Virgen se llama “El Ezbaweya” y es muy milagroso. Muchos cristianos y no cristianos acuden allí para honrar a la Madre de Dios representada junto al Niño Jesús. Algunos pasan horas frente a él, sentados en el piso, susurrándole alabanzas entremezcladas con súplicas. Entre los numerosos milagros ocurridos en ese lugar, uno de ellos que nos fuera compartido por el sacerdote de rito copto responsable de ese santuario me impactó sobremanera.
En los años 40, durante la segunda guerra mundial, una mujer griega llegó al Cairo y a lo largo de 12 días permaneció a los pies de la Virgen rogándole y suplicándole con lágrimas en los ojos, trayéndole cada día una nueva ofrenda. Su hijo que se había enrolado en el ejército inglés y había sido enviado al Líbano, solía mandarle regularmente cartas, pero en la última misiva que recibió de él le decía que estaba enfermo. Después… ¡silencio absoluto! Al no tener más noticias de su hijo, esta pobre madre temía que le hubiera sucedido algo grave, inclusive que hubiera fallecido. Venía de lejos para implorar la ayuda de El Ezbaweya, suplicándole que velara por su hijo en el Líbano, que lo conservara en buena salud y que se lo devolviera vivo.
Cierto día el sacerdote la encontró muy temprano por la mañana junto a la puerta de la iglesia, transportada de alegría. Ella le contó que había recibido una carta de su hijo, donde agradecía a su madre diciéndole: “Mamá, ¡te agradezco por la señora que me has enviado! Estaba muy enfermo, pero esta señora vino de parte tuya y me trajo algo que me curó. Lo tomé y me sané! Le pregunté su nombre y me dijo: “Me llamo El Ezbaweya” (Su hijo lo ignoraba todo sobre aquel nombre).
El sacerdote concluyó: “¡La Señora El Ezbaweya respondió a las plegarias, lágrimas y alabanzas de una madre!”»

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