jueves, 23 de marzo de 2017

A la Santísima Virgen María. Bibliografí


Si la Santísima Virgen María ha sido la perfecta discípula de su Hijo, la que mejor supo transitar por las huellas que su Señor encarnado dejaba tras de sí, no podemos sino contemplarla a Ella- la Madre- cada vez que contemplamos al Hijo. Por eso que la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que ayer celebramos litúrgicamente, no nos deja retirarnos del Calvario sin antes admirar y exaltar a la Madre que ha quedado asimilada con la cruz de su Hijo.
No hay dos cruces: hay una sola cruz, la del Hijo de Dios y la de su Madre Bendita. No se puede mirar al Traspasado sino a través del Corazón traspasado y lacerado de la Virgen Madre. Si las generaciones de creyentes miramos al que ha sido levantado en Alto, porque allí precisamente, en la cima del dolor y de la muerte, el Traspasado ejerce la atracción del amor, “ mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37); aquí y ahora- y en el hoy perenne de la fe- , miramos a la Madre de Jesús en su Corazón traspasado por aquella espada que en otro tiempo el anciano Simeón le indicó a la Virgen cuando presentó a su Niño en el templo del Altísimo (Lc 2, 35).
Si la Pasión de Jesús no no
s alcanzara para comprender algo de este misterioso amor divino por los hombres, tenemos el dolor y la pasión de la Madre… Ella que es de nuestra raza, y por eso la sabemos tan cercana a nosotros- menos en el pecado- , con su dolor y su compasión, nos revela en la espesa oscuridad del Gólgota, la profundidad, la altura, la longitud del amor insondable del Dios Bueno.
La prueba más contundente del “tanto amó Dios al mundo” es el envío de su Hijo único para que poniendo la fe en El tengamos vida en abundancia (cfr. Jn 3, 16). Ayer, en la Fiesta de la Exaltación de la Cruz, quedamos arrobados en la contemplación de ese “tanto amó Dios al mundo” hecho carne palpable en el leño de la cruz. Y hoy tengo la osadía de creer que la inmediatez de la Madre junto al leño de su Hijo agonizante, como lo proclama la lectura evangélica de San Juan en esta memoria, es una demostración tan provocadora como humana de ese “tanto amó Dios al mundo”. Hoy miramos con agradecido silencio a esta Virgen Madre en el misterio de su Corazón tan inmaculado como añejado en la misericordia, para ascender- como Ella- hacia las fuentes mismas de la Misericordia en las profundidades del Misterio de Dios. Eso es María al pie de la Cruz: una señal luminosa que nos capta para sumergirnos en la comprensión del amor infinito de Dios.
La Dolorosa es la Virgen de la Confianza inquebrantable, la Madre de la Esperanza contra toda esperanza, la Virgen del Amén y del Hágase tu Voluntad… Ella es “La Piedad”: la clemente, la piadosa, la dulce Virgen María, como lo rezamos en la familiaridad de la Salve Regina.
La que en otro tiempo abrió su corazón creyente para concebir al Verbo del Padre- antes de concebirlo en su vientre por la acción fecundante del Espíritu Santo-, ahora abre sus manos callosas de dolor y su regazo templado de Madre virginal para dejar que recuesten al Grano triturado de su Hijo que acaban de bajar del mortero de la Cruz. Cuando la ferocidad satánica de tantos hombres consiguió silenciar a la Palabra ejecutándola de muerte en el madero, cuando las tinieblas cubrieron la superficie de la tierra porque el Sol de Justicia se eclipsó en un horizonte indescriptible, entonces emerge la Madre, que con esos “sus ojos misericordiosos”, amortajó el cuerpo desfigurado de su Hijo y Señor. Sí, ella es la Piedad, la que repara tantos gestos impíos que se sucederán en la historia humana. “¡Oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros Santa Madre de Dios”.
“Estaba la Madre dolorosa junto a la Cruz, llorosa, en que pendía su Hijo”, reza la Secuencia de este día. Qué otra expresión más acertada para expresar qué hace la Virgen cuando su hijo se interna en la batalla final de su vida: “estaba la Madre dolorosa…” En la hora del dolor más terrible la Madre nos enseña una vez más la cualidad paradigmática de todo discípulo del Señor, nos enseña a “permanecer”. El discípulo permanece junto al maestro. Cuando se hace de noche, la Virgen nos enseña que hay que permanecer, aguardando el Lucero de la mañana; hay que estar, así….sin más. Estar como quien acompaña con su sola presencia porque sobran o faltan las palabras. Estar como quien hace guardia y cuida la fragilidad de alguien que se ha puesto bajo nuestras alas… Así es como la Virgen dolorosa nos enseña a permanecer frente al misterio del sufrimiento y ante la cruz de tantos hermanos que buscan otros cireneos que quieran permanecer junto a ellos en el dolor.
“Junto a la Cruz contigo estar y contigo asociarme en el llanto es mi deseo”. Cuando San Ignacio en el libro de los Ejercicio Espirituales coloca al ejercitante ante la escena dramática de la Pasión del Señor quiere que se pida una gracia: “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí” ( EE 203)
¿Acaso no debiéramos reformular este pedido cuando dejamos que nuestro corazón se arrime al Corazón dolorido de la Madre de Jesús? Porque la Virgen del Calvario se ha transfigurado en la Piedad misma para con el Hijo de sus entrañas, nosotros tenemos que ser la piedad compasiva para con esta Madre Bendita que el Señor nos regaló antes de partir. Y por eso te decimos Señora de los Dolores: “junto a la Cruz contigo estar y contigo asociarme en el llanto es mi deseo”
Padre Claudio Bert

No hay comentarios:

Publicar un comentario