miércoles, 22 de febrero de 2017

Revelaciones especiales de Dios

Domingo Savio, Santo Domingo Savio, Biografía, Domenico Savio, Santidad SalesianaCiertamente, Domingo fue un regalo del cielo para el oratorio. Cuando Don Bosco necesitaba conseguir alguna gracia particular, o se encontraba en una situación difícil, lo mandaba a la Capilla a rezar. Estaba seguro que conseguía la gracia. Nada de extraño, pues, que este joven recibiera revelaciones especiales de Dios y que su alma se paseara en éxtasis por los campos privilegiados de lo sobrenatural.
Turín vivía momentos de angustia y desolación. Hora tras hora iban cayendo jóvenes y ancianos heridos por la peste más terrible que haya recordado la ciudad. Don Bosco, comprometido siempre con su gente, puso a sus salesianos y a sus jóvenes mayores en permanente estado de servicio.
-Un día, Domingo entra apurado al cuarto de Don Bosco.
-¡Don Bosco -le dice- venga conmigo! Hay una obra buena que hacer.
-¿Dónde quieres llevarme, Domingo?
-Venga pronto, Don Bosco, -insiste Domingo-.
Y Don Bosco, que ya lo conocía, lo sigue sin dilación. Atraviesan varias calles en medio de la oscuridad de la noche y suben por una escalera hasta el tercer piso. Domingo llama a una puerta.
-Aquí es, Don Bosco.
Se abre la puerta y la señora que atiende exclama:
-¡Padre, pase, llega a tiempo! Unos minutos más y hubiera sido tarde!
Desde hace un buen rato un hombre moribundo está llamando a un sacerdote.
Don Bosco entra, lo confiesa, y le devuelve la paz espiritual que sólo Cristo pueda dar. Aquel hombre llora de emoción. Se había alejado de las prácticas religiosas y quería morir como buen católico.
Don Bosco, más tarde, le pregunta a Domingo cómo lo ha sabido. Pero no obtuvo respuesta. Domingo se le quedó mirando fijamente hasta que se le humedecieron los ojos. Y Don Bosco prefirió no insistir al palpar la acción de Dios en aquella alma.
Otro día llama a la puerta de una casa en la calle Cottolengo de Turín. Domingo pregunta sin más a la persona que sale a atenderlo:
-¿Dígame, señor, no hay aquí ninguna persona enferma de cólera?
-No, jovencito. usted está equivocado. Tal vez le informaron mal. Aquí estamos todos sanos, gracias a Dios.

Domingo se marcha ante una respuesta tan categórica. Sale a la calle y mira uno y otro lado, como buscando una orientación, pero regresa de nuevo a la misma casa y llama:
– Perdone, que insista. Le ruego que revise bien toda la casa, pues estoy seguro de que aquí hay una enferma grave.
El hombre ha quedado impresionado ante la insistencia del joven. Lo acompaña de cuarto en cuarto, registrándolo todo. Nada.
-¿Has visto? No hay nadie. ¿Y entonces?
Domingo insiste:
-Pero, dígame, ¿me ha mostrado usted todas las habitaciones?
-Bueno, en realidad,… quedaría por ver el desván, -le responde el señor-, ahí conservamos los útiles de limpieza y de trabajo.
-Vamos allá -añade Domingo-.
La sorpresa fue grande cuando encontraron a una mujer casi moribunda. Vino el sacerdote y le ayudó a bien morir, ungiéndola con el óleo santo. A los pocos minutos expiró. Sólo estaba esperando al sacerdote. Todo quedó claro más tarde. Era una mujer que siempre venía a trabajar algunas horas para esa familia y por la noche regresaba a dormir a su pobre casa. Pero ese día se sintió mal. Ya el cólera la había herido de muerte. Y, viéndose sin fuerzas, se echó en aquel cuartucho sin poder avisar a los señores de la casa. Estos, por su parte, creyeron que la mujer no había ido a trabajar por ser aquel un día de fiesta.
-Don Bosco- le decía Domingo en otra ocasión- Don Bosco, si yo pudiera ir a Roma y hablar al Papa, le diría que en medio de las grandes tribulaciones que le esperan no deje de preocuparse por Inglaterra. El Catolicismo obtendrá preciosos frutos en ese país.
Don Bosco fue a Roma en 1858 y el Sumo Pontífice Pío IX lo recibió en audiencia privada. Don Bosco le expuso el mensaje de Domingo Savio. El Papa lo oyó atentamente y al final añadió:
-Eso me llena de satisfacción y me anima a seguir en mi propósito de trabajar por Inglaterra con especial interés y afecto.
El Cardenal Salotti, al narrar este episodio, afirma que hubo en él dos profecías: anuncio de las grandes tribulaciones que sufrirá el Papa (y que posteriormente fueron una realidad) y un triunfo del catolicismo en Inglaterra. En este sentido bastaría recordar la conversación del célebre Juan Newman, más tarde Cardenal de la Iglesia Católica.
¿Cómo no recordar aquí el Congreso Eucarístico Internacional de Londres, con la impresionante procesión de veinte mil niños, a lo largo de las riberas del río Támesis, en dirección a la Catedral?

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