sábado, 11 de febrero de 2017

¿Qué sentido tiene amarrarse al dolor de la historia pasada?

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ORAR CON EL CORAZÓN ABIERTO
Meditaciones diarias para un sincero diálogo con Dios

Inmersos en el Jubileo de la Misericordia. Sabemos que nuestro corazón, como el corazón de los que nos rodean, tiene necesidad de misericordia y de compasión. Estamos necesitados de descubrir que Dios es Padre, que tiene misericordia de mí. Con tanta frecuencia arrastramos heridas ocultas a los ojos de los que nos quieren, con las que lamentablemente convivimos íntimamente, sufriendo de manera injusta para no manifestar aquello que nos humilla, nos debilita, nos sojuzga: la debilidad y el pecado.
Vivir la misericordia de Dios nos permite evitar que el amor propio o el orgullo nos venzan. Son ambos enemigos acérrimos del alma, adversarios hostiles de nuestra bondad. En el intento de tratar de convivir con las sombras, nos vemos aprisionados de las más formas más variadas, con tramposas argumentaciones, razonamientos falaces y excusas inciertas. Si no logro dar claridad a esta oscuridad del alma, permitiendo que la luminosidad de la Palabra de Dios, de su misericordia y de su perdón penetren en ella, todas estas sombras se enquistan y me llevan a vivir de manera sombría o poco auténtica tratando siempre de limpiar el dolor de la propia conciencia.

Pero si soy capaz de abrirle el corazón a Dios, con la certeza de que Él acoge mi pecado y mi miseria y debilidad; si me arriesgo a manifestar el dolor de mi corazón, ser consciente de la realidad de mi vida, podré descubrir lo que implica nacer de nuevo, empezar de nuevo, esperar de nuevo, sentir de nuevo, ver la luz con una claridad nunca antes vista, dejarse sorprender por ese Padre amoroso que me coge de la mano para lanzarme al mundo con una esperanza renovada.
¿Qué sentido tiene amarrarse al dolor de la historia pasada? Si este Año Santo es el del perdón y la reconciliación, en la que que Jesús desea abrir la puerta de Su corazón, y el Padre quiere mostrar sus entrañas de misericordia, y para eso nos envía el Espíritu Santo para que no permanezca parado, ¿qué motivos tengo para guardarme el dolor de mi vida dilapidada del pasado?
Este Año Santo me invita a atravesar con alegría renovada la puerta del corazón y sentir de nuevo con alegría cristiana el atractivo de la paz, del amor, de la serenidad, de la esperanza, del silencio… y cuando todo eso esté impregnado en lo más profundo de mi ser soy consciente de que sentiré la imperiosa necesidad de darme con mayor afán a los que tengo a mí alrededor, y a Jesús, que anidando en lo más profundo de mi corazón, me ha susurrado sin que yo fuera capaz de escucharle: «¡Aquí estoy y te amo!».

¡Bendito seas, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo, que me reconfortas y fortaleces en mi sufrimiento y mi tribulación! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a preparar mi alma para las pruebas que me envía el Señor! ¡Ayúdame a enderezar mi corazón para mantenerme firme y no tema los momentos de dificultad, de adversidad o de dolor! ¡Ayúdame, Espíritu de bondad, a aceptar todas las humillaciones, todas las pruebas, todas las situaciones que no controlo! ¡Ayúdame a confiar siempre en el Dios de la Misericordia! ¡Ayúdame a esperar siempre en Él! ¡Ayúdame a ser paciente ante los acontecimientos de mi vida, a aguardar su Misericordia infinita, a no desviarme nunca del camino, a confiar plenamente en Cristo, mi Señor y Salvador! ¡Ayúdame a comprender que el Señor nunca defrauda, que cuando le invocas siempre te atiende! ¡Ayúdame a confiar siempre en el Señor que es compasivo y misericordioso, que perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia! ¡Ayúdame a no perder nunca la esperanza!

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