miércoles, 15 de febrero de 2017

Muéstranos esas tus manos misericordiosas

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Las manos son armas de doble filo: sirven tanto para acariciar como para matar; tanto para recoger como para tirar; para dar como para quitar. Sirven tanto para colocar una corona de espinas como para colocar una corona de flores; tanto para propinar un empujón como para levantar al que ha caído…
Las manos son ambivalentes, indiferentes y solamente esperan un brazo amigo que las oriente hacia el bien obrar.
Por supuesto que el artista de las manos las modeló con cariño, con el fin de que fueran vehículo de caricias, de misericordia y de salvación.
Las manos de María… ¿Cómo serán aquellas manos?

No hay que olvidar que Dios las creó de propósito para ser acariciado por ellas. A su gusto las creó. “Lo envolvió en pañales” (Lc 7, 2) Manos de aurora delicada.
Sin embargo, no importó que fueran manos de hada: blancas como la leche, perfumadas como la rosa, tersas como el cristal. Hasta es posible que la piel no fuera tan linda: manos de aldeana nazarena. Curtidas por el frío y el sol; manos hacendosas en el quehacer de planchar, barrer, coser y lavar. Manos arrugadas…
Pero eso, ¿qué importa? Importa que las manos de María estuvieron siempre abiertas, como su alma; abiertas para acoger, para bendecir, para acariciar, para dar. Manos de María: dos palomas en vuelo como ramo de olivo para llevar siempre la paz.
Y en cuanto a la misericordia, María es manirrota; se le escapa la misericordia por entre los dedos. Siempre rebosante y vacía, porque la da toda. Siempre sembrando misericordias.
María, “muéstranos esas tus manos misericordiosas”, échanos una mano. Tu mano.
Como la madre lleva de la mano al niño pequeño para que no caiga;
Como la madre levanta con cariño del suelo al niño que ha caído; tus manos son las únicas que nunca cargaron basura, siempre portaron rosas. Nunca hirieron, siempre curaron; siempre sedosas y olorosas.
Con tus manos de artista y artesana divina, María, modela nuestros pobres vasos de barro para que saques a flote la imagen de Jesús que tú bien conoces.
Al final de la jornada, manos misericordiosas, potentes, seguras, amorosas, recíbenos en tus manos.
Hipólito Martínez, O. S. A.

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