domingo, 12 de febrero de 2017

El Señor no abolió los mandamientos sino que los extendió. Ireneo de Lyon


La divina proporción12 febrero 2017

Los mandamientos son Revelación de Dios, no son leyes de las que se votan en los parlamentos y se reforman según el partido político que está en el poder. Los mandamientos son la evidencia más clara de la misericordia de Dios, que no ha dejado de señalarnos qué acciones son las que ponen en peligro nuestra salvación y nuestra humanidad. Los mandamientos son como los bastones que nos ayudan a caminar cuando las piernas ya no nos responden con la misma vitalidad que antes. Permiten decidir cuando no tenemos claro qué hacer y qué no hacer. ¿Cómo vamos a olvidarnos de este inmenso don que Dios nos ha dado?


En la Ley hay preceptos naturales que nos dan ya la santidad; incluso antes de dar Dios la Ley a Moisés, había hombres que observaban estos preceptos y quedaron justificados por su fe y fueron agradables a Dios. El Señor no abolió estos preceptos sino que los extendió y les dio plenitud. Eso es de lo que nos dan prueba sus palabras: “Se dijo a los antiguos: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.” Y también: “se dijo: no matarás. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano sin motivo tendrá que comparecer ante el tribunal” (Mt 5,21s)… Y así todo lo que sigue. Todos estos preceptos no implican ni la contradicción ni la abolición de los precedentes, sino su cumplimiento y extensión. Tal como el mismo Señor dice: “Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt, 5,20).

¿En qué consiste este ir más allá? Primeramente en creer no sólo en el Padre, sino también en el Hijo manifestado en lo sucesivo, porque él es quien conduce al hombre a la comunión y unión con Dios. Después, en no tan sólo decir, sino en hacer –porque “dicen pero no hacen” (Mt 23,3)- y guardarse, no sólo de cometer actos malos, sino también de desearlos. Con estas enseñanzas, él no contradecía a la Ley, sino que la llevaba a su cumplimiento, a su plenitud y ponía en nosotros la raíz de las prescripciones de la Ley… Prescribir, no sólo de abstenerse de los actos prohibidos por la Ley, sino incluso de su deseo, no es de alguien que contradice y adolece la Ley, sino el hecho de quien la cumple y extiende. (San Ireneo de Lyon. Contra las herejías IV, 13,3)

Cristo no abolió ningún mandamiento de Dios sino que extendió su cumplimiento para que no fuesen simulacros egoístas. Ademán, hizo hincapié en aquellos que son más necesarios en nuestra vida, como aquellos que daban sentido a la familia a través del matrimonio. También nos enseñó que comprender los mandamientos nos hace amar a Dios con más profundidad y sentido. Además Cristo nos previno de un mal que siempre ha afectado al ser humano y que actualmente nos destroza vayamos donde vayamos: los simulacros. Quien cumple los mandamientos por aparentar, está profanando e insultando gravemente a Dios. No podemos cumplir para sentirnos superiores a los demás y más queridos por Dios, porque estamos denigrando a nuestros hermanos y a Dios mismo.

Tristemente, nuestra sociedad actual denigra los mandamientos en todos los sentidos. Sabe que quien los ama y los hace vida, no puede ser engañado por las apariencias del mundo. Dentro de la Iglesia hay quienes han hecho suya la prevalencia de las apariencias y la conciencia individual, sobre la Verdad. Aceptan que “todo” es apariencia matizable, gradual, personal, adaptable. Bueno, no “todo”, porque quien se reafirma en la Verdad, que es Cristo, resulta insoportable. De hecho quien ama la Verdad se le llama de todo menos bonito y se le condena sin consideración alguna. Quien señala que el rey está desnudo es un peligro potencial, porque descubre a los demás que no es necesario aceptar el engaño.

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 17-19)

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