martes, 31 de enero de 2017

“OPERACIONES DEL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA: EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DE LA IGLESIA”


“OPERACIONES DEL ESPIRITU SANTO EN LA IGLESIA: EL ESPIRITU SANTO, ALMA DE LA IGLESIA” Tomado del libro “Jesucristo Vida del Alma” del Beato Dom Columba Marmion O.S.B
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Las maravillas que se obraban en Cristo bajo la inspiración del Espíritu Santo, se reproducen en nosotros, por lo menos en parte, cuando nos dejamos guiar de aquel Espíritu divino. Pero, ¿poseemos acaso nosotros ese Espíritu? -Sin duda alguna que sí.
Antes de subir al cielo, prometió Jesús a sus discípulos que rogaría al Padre para que les diera el Espíritu Santo, e hizo, de ese don del Espíritu a nuestras almas, objeto de una súplica especial. «Rogaré al Padre y os dará otro Consolador, el Espíritu de verdad» (Jn 14, 16-17). Y ya sabéis cómo fue atendida la petición de Jesús, con qué abundancia se dio el Espíritu Santo a los Apóstoles el día de Pentecostés. De ese día data, por decirlo así, la toma de posesión por parte del Espíritu divino de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y podemos añadir que, si Cristo es jefe y cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es alma de ese cuerpo. El es quien guia e inspira a la Iglesia, guardándola, como se lo prometiera Jesús, en la verdad de Cristo y en la luz que El nos trajo: «Os enseñará toda verdad y os recordará todo lo, que os he enseñado» (ib. 14,26).

Esa acción del Espíritu Santo en la Iglesia es varia y múltiple.- Os dije antes que Cristo fue consagrado Mesías y Pontífice por una unción inefable del Espíritu Santo y con unción parecida consagra Cristo a los que quiere hacer participantes de su poder sacerdotal, para proseguir en la tierra su misión santificadora: «Recibid el Espíritu Santo… el Espíritu Santo designó a los obispos para que gobiernen la Iglesia» (Hch 20,28); el Espíritu Santo es quien habla por su boca y da valor a su testimonio (ib. 15,26; Hch 15,28; 20, 22-28). Del mismo modo, los Sacramentos, medios auténticos que Cristo puso en manos de sus ministros para transmitir la vida a las almas, jamás se confieren sin que preceda o acompañe la invocación al Espíritu Santo. El es quien fecunda las aguas del Bautismo. «Hay que renacer del agua por el Espíritu Santo para entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5); «Dios, dice San Pablo, nos salva en la fuente de regeneración renovándonos por el Espíritu Santo» (Tit 3,5), ese mismo, Espíritu se nos «da» en la Confirmación para ser la unción que debe hacer del cristiano un soldado intrépido de Jesucristo; El es quien nos confiere en ese Sacramento la plenitud de la condición de cristiano y nos reviste de la fortaleza de Cristo, -al Espíritu Santo, como nos lo demuestra sobre todo la Iglesia Oriental, se atribuye el cambio que hace del pan y del vino, el cuerpo y la sangre de Jesucristo; los pecados son perdonados, en el Sacramento de la Penitencia, por el Espíritu Santo (Jn 20, 22-23) [Santo Tomás, III, q.3, a.8, ad 3]; en la Extremaunción se le pide que «con su gracia cure al enfermo de sus dolencias y culpas»; en el Matrimonio se invoca también al Espíritu Santo para que los esposos cristianos puedan, con su vida, imitar la unión que existe entre Cristo y la Iglesia.
¿Veis cuán viva, honda e incesante es la acción del Espíritu Santo en la Iglesia? Bien podemos decir con San Pablo que es el «Espíritu de vida» (Rm 8,2), verdad que la Iglesia repite en el Símbolo cuando canta su fe en el «Espíritu vivificador»: Es, pues, verdaderamente el alma de la Iglesia, el principio vital que anima a la sociedad sobrenatural; que la rige, que une entre sí sus diversos miembros y les comunica espiritual vigor y hermosura.
[Al decir que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, no es nuestro intento enseñar que sea la forma de la Iglesia, como lo es el alma en el compuesto humano. En tal sentido, sería teológica más exacto decir que el alma de la Iglesia es la gracia santificante -con las virtudes infusas, que forman su cortejo obligado-; la gracia es, en efecto, el principio de la vida sobrenatural, que da vida divina a los miembros pertenecientes al cuerpo de la Iglesia; mas también en este caso es muy imperfecta la analogía entre la gracia y el alma; pero no es ésta la ocasión de disertar sobre esta diferencias. Cuando decimos que el Espíritu Santo y no la gracia es el alma de la Iglesia, no hacemos sino tomar la causa por el efecto, esto es, que el Espíritu Santo produce la gracia santificante; queremos, pues, con esta expresión (Espíritu Santo=alma de la Iglesia) hacer resaltar el influjo interno vivificador y «unificador» (si se puede hablar así) que ejerce el Espíritu Santo en la Iglesia.- Ese modo de expresarnos es perfectamente legítimo y tiene consigo la aprobación de varios Padres de la Iglesia, como San Agustín: Quod est in corpore nostro anima, id est Spiritus Sanctus in corpore Christi quod est Ecclesia (Serm. CLXXXVII, de tempore). Muchos teólogos modernos hablan del mismo modo, y León XIII consagró esta expresión en su Encíclica sobre el Espíritu Santo. También interesa notar que Santo Tomás, para encarecer la influencia íntima del Espíritu Santo en la Iglesia, la compara a la que ejerce el corazón en el organismo humano III, q.8, a.1, ad 3].

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