lunes, 30 de enero de 2017

Dios ama mi nada

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Dios ama mi nada
29 ENERO, 2017 / RMMC
Mi hijo de nueve años se sienta ayer sigilosamente a mi lado en el sofá del salón. Cierra la Biblia infantil que lleva entre sus manos. La coloca sobre sus rodillas y me pregunta curioso: «Antes de que Dios creara el mundo… ¿Qué había, papá?».  «Nada», respondo tajante.  «¿Nada? Es imposible que no hubiera nada», contesta incrédulo y poco conforme con mi respuesta. «No, no había nada. Ni el cielo. Ni la tierra. No existían las estrellas. Ni el sol. Tampoco existían los océanos. Solo existía Dios. Y en el pensamiento de Dios estábamos tú y yo. Y tu madre. Y tus hermanas. Y tus abuelos. Y tus tíos. Y tus profesores. Y tus amigos del colegio. Todos estábamos en el corazón de Dios. Y a todos nos envolvía con su amor». «Pero si no había nada y no existíamos, ¿por qué dices que nos quería?», insiste. «Precisamente por esto, porque el amor de Dios es eterno».

La conversación continúa varios minutos pero el mero hecho de rememorarla en la oración de hoy provoca en mí un consuelo increíble. Y de emoción profunda. En el universo no existía nada pero la ternura misericordiosa de Dios todo lo cubría. Conmueve pensar que no habiendo nada Dios amara profundamente esa nada; que la gratuidad del amor de Dios se fundamenta en amarme, simplemente, por nada. Y que Dios me ama para hacerme bueno no porque intrínsecamente lo sea sino porque el amor de Dios es incombustible, duradero, eterno. Es un amor que se sustenta sobre la nada, mi propia nada. Y eso es, precisamente, lo que permite transformar mi corazón, mis actitudes y mis obras. Dios fija su mirada en la pobreza y la fragilidad de mi vida. Y ama esa nada y esa insignificancia. «Señor, ábreme los labios para que mi boca proclame tu grandeza y mi nada y mi pobreza exulten en alabanza».

¡Señor, Tú me amas porque soy un hijo amado, creación tuya! ¡Me amabas antes de la creación del mundo y me amas ahora que te soy tan ingrato tantas veces! ¡Y cuánto me cuesta a mí amar al prójimo! ¡Cuánto me cuesta reconocer mi pequeñez, mis torpezas, mi insignificancia, mi fragilidad y mi miseria! ¡Mi corazón debería estar rebosante de alabanza y gratitud pero se cierra muy a menudo al amor y me olvido con frecuencia de darte gracias! ¡Señor, tu me amas y me envuelves con un amor eterno y en cambio mi amor es volátil, frágil e interesado! ¿Qué puedo darte a cambio de este amor tan humano más que mis pecados para que los cubras con tu amor y tu misericordia? ¡Señor, gracias! ¡Gracias porque bendices mi vida y nunca te alejas de mi lado! ¡Tu, Señor, eres mi ayuda y mi consuelo! ¡Gracias por este amor tan grande que todo lo perdona y todo lo restaura! ¡Gracias porque este amor me sostiene siempre ante las adversidades y me fortalece ante las dificultades! ¡Soy poca cosa, Señor, pero soy tuyo y siento como me amas!

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