martes, 31 de enero de 2017

ACCIÓN DEL ESPIRITU SANTO EN LAS ALMAS DONDE MORA

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“ACCIÓN DEL ESPIRITU SANTO EN LAS ALMAS DONDE MORA”
Escrito por el Beato Columba Marmion (1858-1923) de su obra “Jesucristo, Vida del Alma”.
Hemos visto que la santidad no es más que el desarrollo de la primera gracia, la gracia de adopción divina que se nos da en el Bautismo, como luego diremos, por la cual nos convertimos en hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. El quid de toda santidad consiste en saber sacar de esa gracia inicial de la adopción, para hacerlos fructificar. todos los tesoros y riquezas que contiene y que Dios quiere extraigamos de ella. Cristo es, como hemos dicho, el modelo de nuestra filiación divina, el que nos la ha merecido del Padre, y el que ha establecido personalmente los cauces por los cuales nos llega. Mas el desarrollo fecundo en nosotros de esta gracia que debemos a Jesús es obra de la Santísima Trinidad, aunque, no sin motivo, se atribuye especialmente al Espíritu Santo. ¿Por qué así? -Por lo mismo de siempre. La gracia de adopción es puramente gratuita, y tiene su fuente en el amor: «Contemplad cuán grande caridad nos ha mostrado Dios Padre, que ha querido que seamos llamados sus hijos y que en realidad lo seamos» (Jn 3,1). Ahora bien; en la Trinidad adorable, el Espíritu Santo es el amor sustancial, y por ello, San Pablo nos dice que la «caridad de Dios», o, lo que es lo mismo, la gracia que nos hace hijos de Dios, «la ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo», «porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

Desde que por medio del Bautismo se nos infundió la gracia, el Espíritu Santo mora en nosotros con el Padre y el Hijo. «Si alguno me ama, tiene dicho Nuestro Señor, mi Padre le amará también y vendremos a él y en él fijaremos nuestra morada» (Jn 14,23). La gracia hace de nuestra alma templo de la Trinidad Santa, y nuestra alma, adornada con la gracia, es verdaderamente morada de Dios. En ella habita, no solamente como en todos los seres por su esencia y potencia, con que sostiene y conserva todas las criaturas en el ser, sino de un modo muy particular e íntimo, como objeto de conocimiento y de amor sobrenaturales. Mas porque la gracia nos une de tal modo a Dios, que ella es principio y medida de nuestra caridad, se dice especialmente que el Espíritu Santo es el que «mora en nosotros», no de un modo personal, que excluya la presencia del Padre y del Hijo, sino en cuanto procede por amor y es lazo de unión entre los dos. «En vosotros permanecerá y en vosotros morará» (Jn 14,17) decía nuestro Señor.- Aun en el hombre empecatado se advierten huellas del poder y sabiduría de Dios, mas sólo los justos, sólo los que están en gracia comparten la caridad sobrenatural, de ahí que San Pablo dijera a los fieles: «¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y está en vosotros?» (1Cor 6,19).
Mas, ¿qué hace ese Espíritu divino en nuestras almas, ya que, siendo Dios, siendo amor, no puede quedar ocioso? -Nos da primeramente testimonio de que «somos hijos de Dios» (Rm 8,16). Es espíritu de amor y de santidad, que, como nos ama, quiere también hacernos participantes de su santidad, para que seamos verdaderos y dignos hijos de Dios. Con la gracia santificante, que deifica, por decirlo así, a nuestra naturaleza, capacitándola para obrar sobrenaturalmente, el Espíritu Santo deposita en nosotros energías y «hábitos» que elevan al nivel divino las potencias y facultades de nuestra alma; de ahí provienen las virtudes sobrenaturales y sobre todo las teologales de fe, esperanza y caridad, que son propiamente las virtudes características y específicas de los hijos de Dios; después, las virtudes morales infusas, que nos ayudan en la lucha contra los obstáculos que se cruzan en el camino del cielo; y, por fin, los dones.- Detengámonos en ellos siquiera algunos instantes.
El divino Salvador, nuestro modelo, los recibió también, como hemos visto, aunque con medida eminente y trascendental, o, mejor todavía, sin medida ni tasa. La medida de los dones en nosotros es limitada, pero aun así es tan fecunda, que obra maravillas de santidad en las almas en que abundan esos dones. ¿Por qué así? -Porque ellos sobre todo son los que perfeccionan nuestra adopción, como vamos a verlo. ¿Qué son, pues, los dones del Espíritu Santo? -Son, y ya el nombre lo indica, bienes gratuitos que el Espíritu nos reparte juntamente con la gracia santificante y las virtudes infusas.- La Iglesia nos dice en su liturgia que el mismo Espíritu Santo es el don por excelencia: «Don del Dios altísimo» [Donum Dei altissimi. Himno. Veni Creator], porque viene a nosotros desde el Bautismo para dársenos como prenda de amor. Pero ese don es divino y vivo; es un huésped que, lleno de largueza, quiere enriquecer al alma que le recibe. Siendo El mismo el Don increado, es por lo mismo fuente de los dones creados que con la gracia santificante y las virtudes infusas habilitan al alma para vivir sobrenaturalmente de un modo perfecto.
En efecto, nuestra alma, aun adornada de la gracia y de las virtudes, no recupera aquel estado de primitiva integridad que Adán tuvo antes de pecar; la razón, sujeta ella misma a error, ve que su manto de reina se lo disputan el apetito inferior y los sentidos; la voluntad está expuesta a desfallecimientos. ¿Qué resulta de semejante estado de cosas? -Que en la obra capital de nuestra santificación nos vemos de continuo necesitados de acudir a la ayuda directa del Espíritu Santo. El puede dispensarnos esta ayuda por medio de sus inspiraciones, las cuales todas se encaminan a nuestro mayor perfeccionamiento y santidad. Mas para que sus inspiraciones sean bien acogidas por nosotros, despierta El mismo en nuestras almas ciertas disposiciones que nos hacen dóciles y moldeables: esas disposiciones son precisamente los dones del Espíritu Santo. [En Jesucristo la presencia de los dones no proviene de la necesidad de ayudar a la flaqueza de la razón y de la voluntad, como quiera que jamás estuvo sujeto a error ni a flaqueza alguna; estos dones le fueron otorgados al alma de Jesús porque constituyen una perfección, y convenía que todo lo que dice perfección residiera en Jesucristo. Vimos más atrás la influencia que el Espíritu Santo ejerció con sus dones en el alma de Jesús]. Los dones no son, pues, las inspiraciones mismas del Espíritu Santo, sino las disposiciones que nos hacen obedecer pronta y facilmente a esas inspiraciones.
Los dones disponen al alma para que pueda ser movida y dirigida en el sentido de su perfección sobrenatural, en el sentido de la filiación divina, y por ellos tiene un como instinto divino de lo sobrenatural. El alma, que en virtud de esas disposiciones se deja guiar por el Espíritu, obra con toda seguridad como cuadra a un hijo de Dios. En toda su vida espiritual piensa y obra de una forma «conveniente» desde el punto de vista sobrenatural. [Dona sunt quædam perfectiones hominis quibus homo disponitur ad hoc quod sequatur instinctum Spiritus Sancti. Santo Tomás, I-II, q.68, a.3]. El alma que es fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo posee un tacto sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y presteza como hija de Dios. Comprendéis con esto que los dones inclinan al alma y la disponen a moverse en una atmósfera donde todo es sobrenatural; de la que todo lo natural queda excluido en cierto sentido. Por los dones, el Espíritu Santo tiene y se reserva la alta dirección de nuestra vida sobrenatural. Todo esto es de importancia suma para el alma, puesto que nuestra santidad es esencialmente de orden sobrenatural. Verdad es que ya por las virtudes el alma en gracia obra sobrenaturalmente, pero obra de un modo conforme a su condición racional y humana por movimiento propio, por iniciativa personal; mas con los dones queda dispuesta a obrar directa y únicamente por la moción divina (guardando, dicho se está, su libertad, que se manifiesta por el asentimiento a la inspiración de lo alto), y esto de un modo que no se compagina siempre con su manera racional y natural de ver las cosas: La influencia de los dones es pues, en un sentido muy real, superior a la de las virtudes, a las que no reemplazan sin duda, pero cuyas operaciones completan maravillosamente. [Dona a virtutibus distinguuntur in hoc quod virtutes perficiunt ad actus humano modo, sed dona ultra humanum modus. S. Thom. Sent. III, dist. XXXIV, q.1, a.1.- Donorum ratio propria est ut per ea quis super humanum modum operetur. Sent. II, dist. XXXV, q.2, a.3].
Por ejemplo, los dones de Entendimiento y de Ciencia perfeccionan el ejercicio de la virtud de fe, y por ahí se expiica que almas sencillas y sin cultura alguna, pero rectas y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, tengan unas convicciones tan arraigadas, una comprensión y una penetración de las cosas sobrenaturales que a veces causan asombro, y una especie de instinto espiritual que las pone en guardia contra el error y las permite adherirse tan resueltamente a la verdad revelada, que quedan al abrigo de toda duda. ¿De dónde proviene todo esto? ¿Del estudio y de un examen concienzudo de las verdades de su fe? -No, es obra del Espíritu Santo, del Espíritu de verdad, que perfecciona mediante el don de Inteligencia o, de Ciencia, su virtud de fe. Como veis, los dones constituyen para el alma un tesoro inestimable a causa de su carácter puramente sobrenatural.- Los dones acaban de perfeccionar ese admirable organismo sobrenatural a través del cual Dios llama a nuestras almas a vivir la vida divina. Concedidos como son, en mayor o menor medida, a toda alma que vive en gracia, quedan en ella en estado permanente mientras no arrojamos por el pecado mortal al Huésped divino de donde dimanan. Pudiendo progresivamente acrecentarse, se extienden, además, a toda nuestra vida sobrenatural y la tornan sumamente fecunda, ya que por e]los se hallan nuestras almas bajo la acción directa y la influencia inmediata del Espíritu Santo.- Ahora bien, el Espíritu Santo es Dios con el Padre y el Hijo, y nos ama entrañablemente y quiere nuestra santificación; sus inspiraciones, que dimanan de un principio de bondad y de amor, no llevan otra mira que la de moldearnos de modo que nuestra semejanza con Jesús resulte más perfecta y cumplida.- De ahí que, aun cuando no sea éste su papel propio y exclusivo, los dones nos disponen también a aquellos actos heroicos por los que se manifiesta claramente la santidad. ¡Inefable bondad la de nuestro Dios, que nos provee con tanto cuidado y con tanta esplendidez de cuanto habemos menester para llegar a El! ¿No sería una ofensa, para el Huésped divino de nuestras almas, dudar de su bondad y amor, no confiar en su largueza, en su munificencia, o mostrarnos perezosos en aprovecharnos de ella?

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