lunes, 26 de diciembre de 2016

Hay que tocar el pesebre…


De la contemplación del misterio de este niño, Hijo de Dios nacido por nosotros, podemos sacar tres conclusiones:

1) Si en Navidad Dios se revela no como quien está en las alturas dominando desde su trascendencia todo el universo, sino como quien  se baja y desciende tomando el aspecto de un siervo pobre y humilde, debemos concluir que una cualidad de Dios en el hombre y en cada uno de nosotros, no es desde luego nuestra capacidad de trascendernos, de situarnos por encima de los demás, sino nuestra capacidad- naturalmente difícil- de bajarnos, de servir por amor, de reclamar para sí el último lugar y por qué no también, el no tener un lugar…

La dinámica del descenso divino es envolvente: los que contemplamos y participamos en el Misterio quedamos transformados por esa misma dinámica. Eso es la Navidad: un misterio de condescendencia envolvente y transfiguradora, es nuestra inserción por gracia en la vida trinitaria. Es decir, que si el nacimiento de Jesús nos hace participar en la vida divina, eso se traduce, se concreta en nuestra disponibilidad a condescender a toda realidad humana que “ gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rom 8, 22)



2) Si, en Jesús, Dios se ha comprometido con el hombre hasta el punto de hacerse uno de nosotros, de ello se sigue, en palabras del mismo Jesús, que todo lo que hagamos a algunos de nuestros hermanos más pequeños, se lo habremos hecho a él (cfr. Mt 25, 40ss). Nos lo recuerda uno de los primeros santos teólogos de la Navidad: “pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21).

3) Si la Iglesia nace y tiene sus raíces en Jesús, entonces la Iglesia nace en Navidad, con Jesús niño en el pesebre…Lo contemplamos en su desnudez apenas cubierta por un chiripá de pobreza que seguramente la Virgen María acomodó con ternura exquisita de madre…dejamos que nuestra mirada contemplativa se impregne de gracia ante la Imagen del Niño pobre y humilde del pesebre…respiramos ese fragancia de paz que el Cielo abierto destila para cuantos arrodillen el alma en la alabanza…

Esta imagen del Niño Jesús envuelto en pañales, como ícono de la Iglesia, debe ayudarnos a evitar todo cuanto pueda ser búsqueda de poder, influencia o privilegios…El verdadero espacio de la Iglesia es el del servicio radical. De la contemplación de la carne desnuda del Niño pasamos a la contemplación de la carne eclesial de su Iglesia y nos examinamos para descubrir aquellos contornos de la humildad y la pobreza que no hemos de permitir se borren de este Cuerpo Místico de Cristo, que prolonga sacramentalmente la Encarnación del Verbo en la historia. Por eso, la genuina oración dentro del Pesebre que venimos haciendo, nos estimula a mantenernos en un estado de conversión personal y comunitaria que restaure en nosotros la verdadera imagen de Jesús; así mostraremos su Rostro más que el nuestro.

Extrato del libro del P. Bert: “Hay que tocar el pesebre”

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